Sociedad

«Los Buenos Amigos»: 80 años de una tienda clásica de Libertad

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Para algunos de los viejos vendedores que recorren el país visitando comercios del ramo, Los Buenos Amigos “es la tienda más vieja del Uruguay” que ha mantenido sus puertas abiertas desde su fundación, un 11 de mayo de 1938. Comprobaciones al margen de tal afirmación, digamos como ejemplo que este ícono de Libertad abrió antes de que en los Estados Unidos apareciera la historieta “Superman” (1.6.1938) o que se inaugurara en Buenos Aires el estadio Monumental de Núñez, del Club A. River Plate (25.5.1938).

Ochenta años es mucho tiempo para las personas, para las sociedades y también para las empresas y organizaciones que las conforman y aquella apuesta soñadora del muy joven Juan Valentín Hernández Garateguy ha sorteado las gráficas del tiempo y se mantiene vigente, consolidada y apostando al futuro con raíces muy firmes.

Quienes conocieron a Valentín Hernández saben que su historia es digna de ser contada y que cualquier intento de resumen será injusto e incompleto, detrás del comerciante sagaz y visionario hubo un padre estricto y familiero, un abuelo cómplice y generoso, un vecino solidario y honesto, y finalmente un amigo sincero, pícaro e incondicional.

HISTORIA| Don Valentín Hernández (Solís de Mataojo 1912 – Libertad 1994) nació justo en el límite entre Maldonado y Lavalleja, en las costas del Arroyo Solís Chico el 24 de junio de 1912 y 13 años después abandonó el riguroso hogar paterno y campesino para irse a la ciudad de Minas a buscar trabajo. Había cursado, como era habitual por aquellos años, hasta tercer año de Educación Primaria (escuelas de Primer Grado), en Villa Solís de Mataojo.

La Semana conversó con Carlos Hernández, continuador junto a su esposa e hijos de Los Buenos Amigos, quien recordó que a Valentín “su tío Julio Garateguy le hospedó en su casa y le consiguió trabajo. Un año después, tras haber ahorrado peso sobre peso que cobraba, volvió a su casa paterna porque extrañaba a su madre, su padre cuando lo vio llegar bromeó y le preguntó si volvía arrepentido. Valentín, muy orgulloso sacó del bolsillo una buena suma de dinero y se la entregó al estricto don Isidro diciéndole: tome, esto es para usted”, a pesar del pedido de su madre el joven no se quedó en su casa paterna, no le atraían las tareas del campo.

Unos años después, un domingo a fines de abril de 1938 Valentín y dos de sus cuatro hermanos viajaban rumbo a Cardona, Carlos Hernández dijo que “les habían comentado que aquella era una buena plaza para instalar una tienda, los tres trabajaban por entonces en las Tiendas Carro de Canelones”, pero en el viaje hicieron un alto en Libertad para tomar un café, Hernández agregó que “notaron que había mucho movimiento en el pueblo y a los 15 días Valentín abrió su local “en la esquina de 25 de Agosto y San José, donde hoy está el supermercado Los Titanes y al lado, donde actualmente está la Agencia Cita, había una pensión y fonda donde él se hospedaba”.

Aquellos tres hermanos finalmente tendrían cada uno su propia tienda Los Buenos Amigos en Las Piedras, Sauce y Libertad, el culto de la amistad era para ellos una vocación, además de su afinidad con el rubro comercial.

Pero don Valentín tuvo en su inauguración una suerte muy especial. Su hijo dijo que “cuatro días después de abrir fue la clásica fiesta de San Isidro Labrador, en la época que esa fiesta era la que más convocaba en toda la zona, y las ventas fueron excelentes, se quedó prácticamente sin mercadería, él se felicitaba de haberse instalado en Libertad y no haber seguido hasta Cardona”.

Pero no todos los días de Los Buenos Amigos serían como aquel festejo del Santo Patrono local, “en Libertad había otros comercios fuertes como el de Pedro Carraci, más o menos en la misma época abrió la tienda de don Antonio Chalela y habían dos o tres tiendas más, pero él iba comprando de a poco, cuando se quedaba sin mercadería cerraba, ponía un cartel en la puerta que decía “vuelvo en la tarde” y se iba en ómnibus a Montevideo a comprar mercadería”, cuenta Carlos con orgullo y emoción al recordar a su padre.

LOCALES| Luego de unos años en su lugar original, Los Buenos Amigos se trasladó a la esquina que hoy ocupa en 25 de Agosto y Detomasi, pero aún no sería definitivo. Carlos Hernández dijo que aquel local era por entonces propiedad “de un señor Gutiérrez que al poco tiempo le dijo que le quería vender el local, para Valentín Hernández era prácticamente imposible asumir aquel negocio, se trataba de un punto muy codiciado de, pero el propietario le dio una muy buena financiación”, que el joven comerciante no pudo despreciar y compró finalmente el local.

Según el relato de Carlos Hernández, “poco después la tienda se trasladó al local ubicado en la misma esquina en cruce diagonal, donde hoy está la pinturería, para, muy lentamente, ir acondicionando el que sería su local definitivo a partir del 25 de enero de 1965”, habían pasado 27 años y aquel sueño del joven emprendedor se consolidaba con su local propio, junto al cual también se levantó el domicilio particular de la familia.

FAMILIA| Ocho años después de su llegada a Libertad, el 13 de julio de 1946 Valentín Hernández contrajo matrimonio con Violeta Piñeyrúa con quien formaría una familia de tres hijos, Nelson, Carlos y Cristina Hernández Piñeyrúa. Carlos dijo que “todos trabajamos en algún momento en la tienda, Nelson trabajó hasta que comenzó su noviazgo con su esposa y se fue a trabajar en el comercio de su suegro, don Pascual Kechichián, yo entré de lleno a la tienda en el año 1969, cuando terminé el liceo, no me gustaba estudiar y desde mucho antes cuando llegaba del liceo me iba a la tienda y me gustaba mucho”.

Carlos Hernández agregó que “aprendí muchísimo de mi padre, pero también aprendí muchísimo con Ariel Navarro, que fue un importantísimo colaborador de mi padre durante 28 años y 28 días; lo recuerdo como una persona con una presencia tremenda, amable con los clientes, trato que seguramente había ido aprendiendo de Valentín, porque empezó a trabajar en la tienda cuando terminó la escuela, siendo aún un niño, y generaron un vínculo tan estrecho que hasta mucho tiempo después que Ariel se había ido, para instalarse como propietario de la Carnicería Los Angus, mucha gente creía que Ariel y mi padre habían sido socios, porque Ariel se ponía la tienda al hombro, defendía el negocio como propio, un vendedor nato que atraía al cliente, yo de muchacho lo veía y fui aprendiendo de él los detalles de la atención al cliente”.

La empresa familiar tuvo, como cualquier otra en su crecimiento, épocas de bonanza y otras de crisis como el quiebre de la “tablita” en 1982, o la de 2002, ya fallecido su fundador y Carlos recuerda que “uno tenía algunos ahorros para enfrentar imprevistos y se decretó el corralito y no se podían retirar grandes sumas, con mi esposa Esther ya estábamos más o menos al frente del negocio y cada día era muy difícil enfrentar los compromisos y había que endeudarse con el banco, hubo como en la mayoría de las empresas momentos buenos y malos, pero al igual que mi padre soy un eterno agradecido a Libertad y su gente”.

AMIGOS| Valentín Hernández logró, desde su llegada a Libertad, conformar un grupo de amigos algunos de los cuales fueron también apoyo importante en momentos de dificultades. Su hijo Carlos recuerda que “a poco de llegar conoció a don Antonio Cedréz y desde ese día “el Gallego” fue un familiar más, compinches inseparables hasta la muerte, que Cedréz sufrió muchísimo”.

A riesgo de algún olvido involuntario, Carlos recordó “a Virgilio Cubitto, Leonel Velázquez, Ramón Núñez, José Hernández, Pascual Kechichián, Leoncio Rivero, Dante Navarro” y algunas muestras de afecto, como el de “Adelaido Camaití, cuando mi padre ya estaba muy mal, pocos días antes de fallecer, llegaba y pasaba por la tienda y me preguntaba si lo podía ver, Valentín ya no reconocía a nadie, pero Adelaido se sentaba al lado de la cama y se quedaba allí una o dos horas”, o como el doctor Núñez “que fue médico y amigo, lo iba a ver pero también iba a contener a la familia, a estar con nosotros”.

Otro caso particular fue Gelsomiro Ghessi, “el Gino”, a quien Valentín eligió “como padrino de bautismo de mi hermana Cristina, mi padre cuando iba a Montevideo tenía un peaje a la ida y otro a la vuelta en el Parador del Gino, y si serían tiempos diferentes -destaca Carlos Hernández- que una vez Valentín venía de Montevideo y paró y se tomó rápido un café y le dijo al Gino que se venía, porque veía que había mucha gente en el restaurante, y el Gino vació la caja, envolvió un montón de dinero y así, sin contarlo, se lo dio para que se lo depositara en el banco, esa era la confianza que había entre ese grupo de amigos”.

Tras tres generaciones Los Buenos Amigos viven un presente consolidado y promisorio en Libertad, Carlos Hernández y Esther Perdomo junto sus hijos mayores Leonardo e Ignacio miran al futuro, pero se ven orgullosos en el espejo del pasado, de aquel padre y abuelo que supo hacer mucho más que vender telas y prendas. Carlos finalmente se mostró agradecido “recibimos una marca consolidada, agradezco a Esther, mi esposa que siempre miró para adelante, a mis hijos y a mi familia, pero como mi padre, siempre estaré eternamente agradecido a Libertad y su gente”.

 

Por Jorge Gambetta.

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