Sociedad

Celebraciones y leyendas que han antecedido a la Navidad

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Desde los más lejanos tiempos, los diferentes pueblos han adorado y agasajado a entidades, dioses, figuras representativas o arquetipos, los que han representado para cada uno de ellos, lo conexión con lo sagrado. Regiones y culturas diversas, han mantenido desde todos los tiempos, sus particulares formas de entender el mundo e interpretarlo de acuerdo a sus creencias más profundas de aquello que sentían propio.  Ritos, celebraciones, fiestas paganas y demás, han tejido leyendas que han dejado su impronta a los más variados pueblos, durante siglos.

En la actualidad, mucho de las antiguas celebraciones ha ido despareciendo forjándose cada cultura, al igual que en la antigüedad, sus propias festividades. Pero una de ellas, a pesar de haber recorrido un largo camino, se sigue celebrando en todo el mundo, con algunos matices, pero en la misma fecha y con similares significados.

Historiadores e investigadores han intentado acercarse a ese lugar del pasado, buscando reconstruir parte de esa rica historia y de las leyendas que han formado parte de los albores de la celebración de lo que hoy conocemos como la celebración de la Navidad.

ORíGENES | En este caso, dos académicos colombianos, realizaron una investigación, que muestra la distancia tanto en tiempo como en rituales y creencias, sobre dicha celebración.

Los historiadores y docentes de la universidad pontificia bolivariana (UPB), con sede en Medellín y Bogotá, Claudia Avendaño y Ramón Maya, fueron los encargados del trabajo.

Explica Ramón Maya: “la Navidad es un sincretismo que recolecta muchos años de historia. Los árboles, los regalos, el pesebre y demás, son objetos que tienen orígenes muy antiguos y que, a través de los sincretismos, han logrado permanecer (tal vez un poco modificados) hasta hoy”.  El trabajo se centra principalmente en los pueblos celtas y romanos, después de llegar a la conclusión de las investigaciones, que fueron estas culturas las primeras en celebrar rituales específicos en fechas marcadas por las estaciones como los solsticios de invierno y verano.

En el caso del solsticio de invierno, el que sucede en este momento del año para el hemisferio norte, se trata del día más corto del año, el momento en que la tierra está más inclinada respecto al sol y por ello recibe menos luz. Muchas culturas antiguas, lo consideraban como inicio del año y ese es el motivo de las celebraciones.

De acuerdo a estos historiadores, para los pueblos que ingresaban en el solsticio de invierno, el fuego era el arquetipo fundamental. Según Avendaño, “estos pueblos realizaban acciones a través del fuego para recordarle a Saturno, dios de la agricultura, que el mundo estaba en receso, pero que pasado ese tiempo debía regresar con la luz del sol”. Es interesante puntualizar que las culturas anteriores al cristianismo como la celta (S. VIII – I A.C.) o la romana (750 A.C.), tenían una arraigada creencia en lo cíclico y en la influencia de los astros en la vida de las personas, que marcan una profunda conexión tanto con la naturaleza como con el cosmos.

Explican los historiadores que existe una similitud con la celebración actual en lo que refiere a reunirse para degustar ricas preparaciones, además de organizar grandes fiestas, bailes y excesos. De acuerdo al trabajo realizado, el árbol de navidad, las luces y los juguetes, no son una herencia de la antigua Roma sino de la cultura celta.

“El acto de hacer y dar regalos fue una estrategia pedagógica de los celtas para introducir a los niños en las tradiciones culturales”, según Ramón Maya.

De acuerdo a la historiadora, “los celtas construyeron su calendario en torno a las estaciones y cuando estaba cada vez más cerca el invierno, estos pueblos se adentraban en los bosques para recolectar nueces, almendras y madera para poder sobrevivir a las bajas temperaturas y a la futura hambruna. Además, acostumbraban a sacrificar a sus animales de corral porque eran difíciles de mantener en esas condiciones”.

Sus celebraciones, explican, tenían un significado muy especial en aquel entonces. Los duros inviernos y las condiciones precarias de muchos de estos pueblos, hacía que ante la llegada de los días cortos y fríos del invierno, sintieran la necesidad de reunirse con el temor de que muchos de ellos murieran entrada esa estación.

EL ÁRBOL | Los celtas tenían una profunda adoración a los árboles. Entendían que en ellos estaba representado todo. Explica Claudia Avendaño, que “las raíces del árbol son el símbolo del pasado, el tronco representa el presente y las ramas el futuro”.

“Ellos buscaban un árbol en particular: con hojas verdes que se mantuviera en el invierno, que es lo que ahora conocemos como los pinos”, explicó la historiadora. Para agasajarlo lo vestían de diferentes adornos por entender que debían mostrarles su gratitud por ser los que representan la vida. “Estos pueblos decoraban el árbol con coquitas o esferas de color dorado, porque este color les recuerda al sol que debe renacer. Además, ponían coquitas hechas en barro anaranjado donde mezclaban vino temprano y le agregaban una gran cantidad de miel. Estas coquitas daban la sensación de cargar esa sangre que fluye, que está llena de oxígeno, que está viva. También lo decoraban con velitas porque tenían la creencia de que con ellas las oraciones llegarían más rápido a los dioses. El árbol que está amarrado al pasado, al presente y al futuro; es una promesa de renacer y seguir con vida”, comentó Avendaño.

Justamente entre esos árboles sería el lugar donde se dejarían los regalos. “Estamos frente a algo sagrado y ahí lo estamos conmemorando. Es la conexión entre la tierra y el universo y el universo nos obsequia, para sobrevivir, regalos, y esos regalos los encontramos debajo del árbol. En muchas culturas los regalos aparecen debajo del árbol, el ser sagrado lleno de luz, el ser que nos está entregando lo que el universo nos obsequia”, expresa Maya.

Para los celtas, sus templos eran los bosques sagrados, en los que  los druidas, sacerdotes celtas guardianes de las tradiciones, recogían el muérdago siguiendo un rito sagrado.

SANTA CLAUS | También la historia de ese señor, que hoy viste de rojo producto de una imagen publicitaria, y que recorre hogares para ofrecer regalos a los más pequeños, es muy antigua. De acuerdo a los que explican los responsables de este trabajo, también la figura de Santa, tiene sus orígenes en los pueblos celtas, aunque con connotaciones diferentes a la que tiene en la actualidad. “Ellos estaban acostumbrados a mirar al cielo y en épocas de invierno, con un cielo despejado, podían observar las lluvias de cuerpos estelares, dando la explicación de que era un trineo tirado por renos donde venía su dios, un dios que quitaría las nubes de tormenta para evitar la prolongación del invierno”. Después se nombró a este señor como San Nicolás, el que tuvo para el mundo cristiano su propia interpretación.

Si bien no está claro quién fue la primera persona que recreó un pesebre, Claudia Avendaño explicó que había una tendencia en explicar que fue San Francisco de Asís el que recreó por primera vez el portal de Belén. De acuerdo a lo que expresan Maya y Avendaño, existe una similitud entre el pesebre para el cristianismo y para los pueblos romanos y celtas.

“Al igual que los juguetes que utilizaban los romanos y celtas para educar a los niños sobre las tradiciones, las novenas que se celebran en torno al pesebre también son una práctica didáctica para enseñar la importancia de ese Niño que va a nacer”. El pesebre se ha convertido en un territorio de expresión, donde cada cultura incorporó sus tradiciones, cada quien aporta su esencia al pesebre y vuelve el espacio en una oportunidad de volver a ser niños.

Según el historiador, a pesar de las duras condiciones que se viven actualmente, estas épocas plantean volver a la tradición, la oralidad, el cuidado de los niños, el regalo y la posibilidad de volvernos sentimentales.

La Navidad nos invita “a pensar en que, en esta época, sí hay una bella cultura humana y unas tradiciones que hay que conservar. El pesebre nos invita a ser niños, el árbol a volver a lo sagrado, y el acto de hablar para preservar las identidades, no como exclusión sino como apertura”, dice Ramón Maya.

 

Por Yudith Píriz.

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