Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 07/06/2022: «¿Un solo Uruguay?»

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No se preocupe, tómese las cosas con calma, dicen los meteorólogos que el frío polar continuará esta semana, así que podrá seguir escondida/o bajo la “cubija”, insultando a los cuatro vientos por el aumento de los combustibles, de los productos de la canasta básica y del alcoholsito que se tomaba para templar el espíritu en los inviernos de otrora. Acá en las elucubraciones ya le avisamos hace tiempo que la paridad de importación era un despropósito, pero no quiso escucharme y me votó la urgente consideración para evitar el aumento de la delincuencia… Ah, pero eso tampoco bajó, bueno, a mí no me reclame, yo le avisé.

Sin demasiado preámbulo nos vamos metiendo en tema, hay tanto para decir que no sé dónde terminará esta columna elucubradora de principios de junio. Le aclaro que no voy a entrar en los pormenores del aumento de los combustibles, usted ya sabe lo que pienso.

Sí me interesa detenerme en alguna de sus repercusiones de la suba: le preguntaron a gente de “Un Solo Uruguay” qué opinaban sobre ella y las respuestas que vi me causaron cierto estupor, asombro, incredulidad (todo así expresado, por ser respetuoso con los lectores que no tienen por qué leer palabrotas acá). Uno -no importa quién-, dijo que valoraban el esfuerzo del gobierno por contener el precio y otro -tampoco importa quién es-, mencionó que como los precios de los commodities están por las nubes, no les afectaba particularmente que el gasoil subiera.

La verdad es que son una muestra más de la solidaridad de este grupo social, de la gente que mueve el país, como ellos mismos se denominan, de los que cuando están en la mala lloran en todos los “boliches” en los que los reciben, pero cuando están en la buena, se quedan calladitos, guardando las ganancias, desentendidos del destino del resto de sus conciudadanos, tan uruguayos como ellos lo son.

En realidad el nombre del grupo cada día me parece más un oxímoron (que significa lo contrario a lo que denota), ya que ellos siempre han sabido de la existencia de dos o varios Uruguay, el de ellos y el de los demás. No hay un solo Uruguay y ellos son los primeros en dejarlo claro, con declaraciones como las que le acabo de mencionar.

Al Uruguay de ellos no les importa el bienestar general sino el suyo propio, no quieren controles del molesto Estado y mucho menos quieren que éste les cobre los indeseables impuestos para “mantener vagos” y a la “burocracia estatal”. Dicen que son apartidarios y gritan que todos los políticos son iguales, pero desde que gobiernan los multicolores han permanecido calladitos ante cada uno de los nueve incrementos de los precios de los combustibles, pero antes salían despavoridos a las rutas con cada incremento anual que realizaba el anterior gobierno.

“Bajen el costo del Estado”, gritan, pero el costo estatal que les preocupa es el que alimenta a niños en las escuelas, el que asiste al desvalido, el que los controla, el que les cobra impuestos, pero nada dicen del Estado que los asiste cuando hay una sequía o una inundación. Es más, exigen, claman, lloran porque el “monstruo burocrático” que cuestionan cuando están haciendo plata, los asista cuando están en la mala.

Mire, yo no es que les pida que salgan a protestar como hacían hace dos año atrás, tampoco podemos pedirles imposibles, pero hubiera estado bueno que por lo menos disimularan un poco y a alguno se le hubiera dado por pegar algún grito mentiroso, como para mostrar que pese a que en verdad no les molesta, por lo menos les hacen sentir el tirón de orejas.

Pero deje, deje, ya abandono este tema, porque es seguro que ya tengo a varios calientes mientras van leyendo, pero la columna elucubradora no nació para que los lectores se enojen, el objetivo siempre ha sido reírse de uno mismo y de todo lo absurdo que nos rodea, en este tiempo de vacas gordas para unos pocos y platos vacíos para las grandes mayorías.

Hablando de ollas populares y cucharones solidarios, le cuento que el miércoles pasado, como parte de las actividades periodísticas que desarrollo para su periódico, asistí a la olla que está funcionando en el barrio María Julia. Allí un puñado de mujeres bien intencionadas cocinan para brindar, por lo menos una vez a la semana, una buena cena a los vecinos que así lo necesiten (de cómo se financia esta olla habría que hacer un texto aparte). Algo similar están emprendiendo en Ciudad del Plata, los trabajadores de la empresa Efice.

Acciones solidarias como éstas se vieron con mayor frecuencia en el momento más álgido de la pandemia de coronavirus. El país solidario ayudó en un momento de confusión en el que nadie tenía claridad sobre lo qué estaba pasando en el mundo, en su propio país, en su propia ciudad y en su propia cuadra.

Uno podía pensar que la existencia de estas acciones solidarias, que surgieron porque mucha gente quedó sin nada de un día para el otro, iban a tender a disolverse una vez que hubiera pasado lo peor, una vez que la actividad general tendiera a la normalización. Pero eso no fue así. En Montevideo, hay gente que sostiene ollas hace dos años de forma ininterrumpida -invierno y verano-, y es probable que en el interior ocurra también en algún lugar lo mismo.

A la hora de mostrar logros, el gobierno exhibe como uno importante, la asistencia con víveres y fondos que ha hecho a las ollas populares, prescindiendo del precepto constitucional que dice que el Estado debe promover el pleno desarrollo de los ciudadanos, garantizando su alimentación, su vivienda, su salud -su bienestar en general-; olvidando que es el Estado el que debe promover los mecanismos que le permitan a todos los ciudadanos trabajar y proveerse de los elementos básicos para su supervivencia, en lugar de promover el asistencialismo puro.

Yo sé que la existencia de gente con problemas alimenticios no es un problema nuevo. No apareció ayer, ni se erradicará con voluntarismos en un breve lapso de tiempo, no se preocupe, no soy un despistado ni inocente, el problema es que estamos en un país en el que el hambre está aumentando cuando están dadas las condiciones para que esté a la baja. La propia existencia de las ollas populares nos interpela a todos. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que el Estado se haga el desentendido? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que algunos personajes se saquen cartel con la asistencia a las ollas? ¿Hasta cuándo vamos a permitirnos tener un Estado que tercerice la asistencia social a las iglesias evangélicas y a organizaciones con fines de lucro? ¿Hasta cuándo vamos a naturalizar la pobreza?

Para terminar, me parecieron impactantes los pedidos de informe que realizó el diputado frenteamplista Nicolás Mesa sobre los distintos programas sociales que funcionaban en Delta El Tigre y desaparecieron con la llegada de los multicolores al gobierno. En las afueras del liceo de esa zona fue que hubo una balacera y padres, madres, docentes y funcionarios dejan claro que esos programas discontinuados contenían muchas situaciones.

Sin tener que esperar las respuestas a los pedidos le digo, todos los programas cayeron en la política del ahorro implementada por los multicolores, cumpliendo los pedidos de los que mueven la rueda del país -aquello de “bajen el costo del Estado”-, el problema es que todo esto saldrá más caro, porque la exclusión genera reacción y al final, por ahorrar unos pesos, todos la pasamos peor, incluidos los del Uruguay de “Un Solo Uruguay”.

Se me fue larga y muy cuestionadora la edición elucubradora, pero usted debe saber que cuando escribo esta columna me transformo en un autómata sobre el teclado, que no controla el ritmo. Antes que me desboque otra vez, le digo hasta la próxima.

Por Javier Perdomo

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