Sociedad

La historia de Ernesto Baquer: de guerra, exilio y amor

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Nacido el 4 de diciembre de 1935 en Viñeta, un pueblito cercano a Huesca, Ernesto Baquer creció en la Guerra Civil y la postguerra, bajo la dictadura franquista que sobrevino hasta la muerte de Francisco Franco en 1975.

A poco de iniciada la Guerra Civil (1936) sus padres, ambos maestros, “fueron destinados por La República a una Colonia de Vacaciones, con niños de toda España, en Montjuich, Barcelona” y dejaron a sus hijos, Ernesto y Emilio, al cuidado de su abuela. “No quisieron llevarnos a un lugar bombardeado y entonces nos enviaron a casa de un hermano de mi padre que estaba en una zona que en la que en aquel momento no había guerra”, cuenta Ernesto que recién volvería a ver a sus padres cuando tenía 12 años, al final de la Segunda Guerra Mundial.

FAMILIA | Baquer recuerda que “a mi abuela los sublevados le habían fusilado un hijo y dos sobrinas. Su hijo Emilio, era dirigente del Banco Hispano Americano en Huesca” y fue fusilado “por haberse plegado a la huelga que el gobierno de La República planteó contra el alzamiento”. Luego las acciones bélicas también llegarían donde estaban. “Yo tendría dos años y la tía Emilia, viuda de mi tío fusilado nos vino a buscar para llevarnos a su casa en Huesca” y agrega que “ella además tenía a su propio padre preso, republicano”.

La Guerra Civil se desarrolló entre 1936 y 1939, seguiría luego un largo período de posguerra bajo la dictadura franquista, pero además, en 1939 comenzó también la Segunda Guerra Mundial. Recuerda Baquer que “se vivieron años de mucha miseria; teníamos gente amiga que escuchaba la BBC de Londres, así medio de contrabando, pero nos veíamos de vez en cuando y nos íbamos enterando sobre la Guerra Mundial”.

En ese sentido agregó que “mi abuela estaba muy interesada en eso y nos llevaba con ella. En realidad España no podía ni quería entrar en la guerra, habría sido un desastre sobre el desastre que dejó la Guerra Civil, pero el desarme y persecución de los prisioneros siguió igual”.

EL HORROR | Al respecto Baquer explicó que “uno de niño eso no lo percibió, tampoco mucha gente mayor, uno se fue enterando de a poco, para mí algunos de los descubrimientos más importantes fueron cuando ya mis padres habían reingresado al magisterio y en familia nos fuimos enterando qué les había pasado a ellos, así empecé a descubrir los horrores cometidos por ambas partes”.

Ernesto explicó que “se libró como un deporte de venganza que dividió pueblos y familias, hermanos enfrentados entre sí, gente que no se saludaba viviendo en un pueblito muy pequeño; hubo mucho odio, fue tremendo, pero sin dudas la represión de los sublevados fue mucho peor que la de los anarquistas o de los sindicalistas; el franquismo fue mucho más bestial”.

PADRES | Sobre sus padres, que también vivieron su periplo para salir de España con 50 niños, Baquer recuerda que “los dos eran maestros en una población, también de la provincia de Huesca, pero en poder del gobierno de La República. Me contaron que el domingo 19 de julio habían ido a misa y se encontraron con las puertas de la parroquia cerradas” y explicó que “el gobierno de los sublevados estableció legalmente la depuración de los maestros en el Decreto del 8 de noviembre de 1936”.

La justificación de tal decreto era que “el magisterio durante la Segunda República estuvo en manos inapropiadas, por lo cual era necesaria una revisión de la instrucción pública, para poder extirpar las “falsas doctrinas arraigadas durante el período republicano (coeducación, laicismo)”. Baquer agregó que “la depuración afectó a las bibliotecas públicas y privadas, los libros de texto escolares, además de a todos los educadores, desde la enseñanza pública a la privada, incluyendo la religiosa, desde la primaria hasta la Universidad, y por supuesto a las escuelas normales”.

Baquer contó además que “cuando comenzaron los bombardeos italianos y alemanes de Barcelona, el gobierno envió a mis padres con 50 niños, la cocinera y algún otro personal a Bélgica, la primera vez atravesaron la frontera por los montes Pirineos, a 3000 metros de altura, por encima de lo que después sería el túnel de Viella, en el Valle de Arán” pero “los franceses los devolvieron; la segunda vez, en tren, pudieron llegar con todos los niños a Bélgica, donde los destinaron a una hermosa casa de vacaciones de los socialistas belgas (Le Lys Rouge, en Kojside Bains), que pudimos visitar con Judit 40 años después”.

En 1939, “quisieron empezar a devolver los niños a España, pero las tropas de Hitler invadieron Bélgica, se cortaron todos los traslados, un tiempo mi padre fue llevado a un campo de trabajos forzados (un campo de aviación cercano), recuerdo sus cartas que nos llegaban a través de la Cruz Roja, una cada dos años más o menos”.

Sobre el reencuentro con sus padres Baquer recuerda que “regresaron a España a través de Suiza” y agrega que en su memoria está el día que caminó con su hermano “hacia la estación en Huesca, a esperar a nuestros padres, para nosotros desconocidos”.

LA IGLESIA | Ernesto Baquer estudió, fue maestro e ingresó “en el Seminario y era cura. En aquel momento podía ser cura en un pueblito con 100 habitantes y hubo un movimiento muy fuerte de quienes pensábamos que en otro lado hacíamos mucha más falta que allí”.

Además “la Iglesia (española) tenía una alineación clarísima con el franquismo, desde los curas de los pequeños pueblos hasta las máximas jerarquías” y explica que si bien había miedo, “también habían convicciones de que el marxismo, el comunismo, el judaísmo o la masonería todos estaban contra España, contra Dios o contra el caudillo, eran fieles representantes de la derecha, fueron quienes llamaron cruzada a la guerra, nunca dijeron guerra civil, y así lo justificaron ante las iglesias de otros países”.

Baquer dijo que “en todo el país, en cada pueblo se formó una comisión, que decidía las ejecuciones -sin juicio-, basándose en tres informes: el del comandante de puesto de la Guardia Civil; el del Alcalde, que solía ser el jefe de Falange, y el del cura, que solía ser definitivo”, sobre la vida o la muerte de los acusados.

URUGUAY | Baquer resolvió venirse a nuestro país a principios de los años sesenta. Recuerda que por entonces “habían aún muchísimas cosas de aquellos años que yo no conocía, ni siquiera había oído las canciones de guerra de La República, no tenía idea de nada, con el tiempo he ido leyendo y últimamente mucho más porque ha habido recientes investigaciones históricas abordando temas que estaban sin tratar, aparecieron archivos de las cárceles, de los centros de depuración”.

Un poco antes de viajar, Baquer participó de un seminario en Madrid y “allí conocí al Obispo de San José, Luis Baccino y nos dejó a todos realmente asombrados, tan diferente a lo que eran los obispos españoles, su talante y su pensamiento realmente nos entusiasmó a todos quienes le conocimos en Madrid, pienso que era mucho más cristiano de los que conocíamos, así que me vine y estuve siete años en la Catedral de San José”.

Así conoció a quien luego sería su compañera de vida hasta la actualidad. “Con Judit estuvimos trabajando juntos acá en San José, y yo ni me enteré (se ríe), y cuando acá también se empezaron a complicar las cosas, el grupo de los curas que habíamos venido de España empezamos a sufrir cierta persecución”.

Baquer explicó que “nosotros trabajábamos con Baccino junto a las familias, con delegados de base, en los barrios. Fue además un momento de aparición de los tupamaros, y el ambiente político se complicó una enormidad y hubo como un enfrentamiento con lo que la Iglesia proponía” y agregó que “se nos dijo que lo que hacíamos era un desastre y que nos volviéramos con nuestros amigos los matreros”. En ese entonces esa corriente en Uruguay la dirigía monseñor Herbé Seijas que cuando murió Baccino fue nombrado Obispo de San José”.

El ex sacerdote recuerda que “cuando salimos con Julio Benedet de aquella reunión donde nos enfrentaron y nos pidieron que nos fuéramos le dije: ‘Julio, tenemos que irnos de San José’ pero algo había más fuerte que lo hacía dudar. “Tras convencerme de eso me di cuenta que lo que más me dolía era dejar a Judit y entonces descubrí que yo la quería a Judit”, contó.

Atrás quedó el sacerdocio y la pareja pasó a vivir en Montevideo. “La situación social y política del país se fue complicando más, yo trabajaba como profesor de música, un día a Judit la destituyeron del Instituto Normal donde trabajaba, en la escuela también le hicieron la vida imposible, no se nos daba el certificado de fe democrática”.

REGRESOS | Por esos tiempos en España “mi madre tuvo unos problemas de salud y como yo tenía plaza en el magisterio allá, decidimos irnos. Acá estábamos sin trabajo y además quise acompañar a mi madre en sus últimos momentos y nos fuimos en 1977 y estuvimos allá 20 años, trabajamos mucho, hicimos una experiencia preciosa, yo me integré al Partido Socialista y fui Concejal de Educación en Castelldefels, muy cerca de Barcelona, pero luego también las cosas cambiaron para mal porque el Partido Socialista que uno había soñado, a través de Felipe González se fue derechizando y corrompiendo, a pesar de lograr cosas importantes en cuanto a la sanidad, las pensiones o el trabajo”.

Finalmente, “cuando nos jubilamos decidimos volver a San José, porque a pesar de todos los dolores San José seguía siendo para mí una ciudad amorosa, habitable, con mucha gente amiga donde sabía que podríamos sentirnos muy bien. Hemos estado muy vinculados a los Centros CAIF”. Y también ha estado cerca de la música, de los movimientos sociales y culturales. Precisamente el pasado viernes, Ernesto Baquer realizó una charla vía Zoom desde el Instituto Cultural Español sobre estos temas, sus vivencias del oscuro período de España, sus aprendizajes, la guerra, el exilio y el amor.

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