Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 30/05/2023:  «La leche, los totalitarismos y un adiós»

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Casi al límite del plazo que uno se fija para escribir esta columna, comienza a pergeñarse otro espacio elucubrador en el cual pretende su autor seguir mostrando que no todo es lo que parece ni todos respondemos a lo que dicen las supuestas grandes mayorías. En las elucubraciones nos manejamos con nuestras propias ideas y no respondemos a los discursos únicos; es por ello que usted lo primero que hace al llegarle a sus manos el pasquín de pueblo, es posar sus ojos en ellas. Si tiene a bien saltar al próximo renglón, vamos empezando la última edición de mayo.

Resulta que hace un par de semanas que todo el mundo anda alborotado con un nuevo conflicto en Conaprole, producido esta vez por diferencias en la metodología de trabajo en la planta de la localidad de Rodríguez. Al cierre de la presente edición del pasquín de pueblo, todo hace indicar que las partes se acercan a un acuerdo, como ocurre siempre que hay voluntad de diálogo. Por supuesto que no voy a entrar en los detalles del conflicto -de eso nos ocupamos en otro espacio-, pero sí le quiero llamar la atención sobre el terrorismo verbal que se promueve cada vez que los trabajadores lácteos aplican algún tipo de medida de fuerza.

Se decreta un paro y de inmediato comienzan a surgir declaraciones de pretendidos voceros de los productores que promueven la alarma diciendo que el paro hará que se deba tirar leche, que si los trabajadores siguen así Conaprole va a tener que cerrar, que los sindicalistas son todos corruptos, panzas llenas que no piensan en el sacrificio que hacen los productores, que mientras hay niños que pasan hambre, a ellos los obligan a tirar el preciado alimento (aunque hay quienes cuestionan que sea tan bueno como dicen; por supuesto que ese es otro terreno en el que no voy a entrar ahora), que esto y que aquello otro.

Es como una reacción automática, que por supuesto busca poner a los trabajadores como los malos de la película, como los insensibles e irresponsables que no piensan en las consecuencias de sus actos. Si uno se queda sólo con estos comentarios, por supuesto que termina odiando a cualquier sindicalista que se le cruce delante, pero también hay otras formas de ver las cosas.

Mire, los otros días estuve escuchando al dirigente sindical Luis Goichea, quien explicó que nunca se tira leche (lo hizo un productor en 2017 y fue sancionado por ello), ya que existe todo un protocolo de contingencia aprobado por el Ministerio de Ambiente, las cámaras lácteas, las organizaciones de productores y los gremios, que entre otras tantas contingencias, incluye la posibilidad de medidas gremiales. Por supuesto que quienes promueven la idea del caos provocado por los sindicatos esto bien lo saben, pero como no es funcional a su discurso, se hacen los desentendidos.

Entiendo que cada uno hace el discurso que le viene bien a sus intereses, pero lo que sorprende es la rapidez con que surgen en los medios (sobre todo los dedicados a la cobertura de la realidad rural), este tipo de discursos, que no ahondan nunca en las razones que motivan la situación conflictiva, que se quedan con una única voz. Lo mismo está pasando estos días con los trabajadores del puerto que están peleando por mantener sus fuentes laborales y el discurso dominante es que se están perdiendo exportaciones.

Señores, señoras, si hay riesgo de pérdida de leche o de exportaciones, siéntense a dialogar e intenten llegar a acuerdos. Eso es lo que hace la gente sensata, ante una diferencia negocia, cede posiciones, logra acuerdos. Los discursos altisonantes y provocadores -como el del Presidente el fin de semana-, llevan a la guerra, como hizo Zelinsky en Ucrania (disculpe por la comparación, pero quería llevarle a una situación extrema y por supuesto, jamás le voy a echar la culpa a Putin sobre lo que pasa en Eurasia).

Hablando de guerras, interpretaciones maniqueas y situaciones que a uno le causan asombro, me encontré con la noticia de que en Alemania están investigando a Roger Waters, el ex líder de la banda ingles Pink Floyd por algo así como apología del nazismo, por haberse subido al escenario -durante su gira despedida-, con un uniforme similar a los usados por jerarcas nazis durante la segunda guerra mundial.

El asombro surge porque así se ha vestido Roger Waters en innumerables recitales desde que en el año 1980, con Pink Floyd, editó la película y el álbum doble The Wall (El Muro), que es uno de los alegatos antifascistas más importantes de la historia del arte del siglo XX. El nazi al que cuestionan ahora en Alemania, es una representación artística, un personaje al que Waters recurre para cuestionar a los regímenes totalitarios, entre ellos el nazismo (cuando en los 90 hizo la misma representación frente al recién caído muro de Berlín, todos lo aplaudían, porque era funcional al discurso dominante del momento).

Le juro que me resultó increíble que el artista (que en noviembre estará en Montevideo y que me hace dudar sobre mi decidida intención de ir a ver a Robert Smith y The Cure, ya que el bolsillo no da para ambos), debiera realizar un comunicado explicando esto tan obvio que le estoy contando. ¿Será que los millenials, tan acostumbrados que están a recibir todo digerido en videítos de tik tok, no entienden lo que es una metáfora, lo que es una representación artística, o hay algo más?

Las malas lenguas dicen que el malestar con el músico inglés tiene que ver con su  decidido respaldo a la lucha del pueblo palestino en defensa de su territorio ante la constante agresión anexionista del Estado israelí. Waters siempre ha estado del lado de los más débiles, apoyando las causas de los que luchan por sus libertades y eso a los poderosos no les gusta nada.

Lo que a uno le resulta casi gracioso -podría decir también lastimoso-, es que luego de 40 años de representar al mismo personaje, después que generaciones enteras vimos esa representación caricaturesca como una crítica al totalitarismo (de derecha e izquierda), se esté acusando a Waters, en 2023, de nazi. Está entre la tomadura de pelo y el desprecio a la inteligencia de la gente común y corriente como uno.

Y antes de una última referencia a otro hecho, insisto con algo: la cada vez mayor dependencia de lo visual para recibir información está limitando nuestra capacidad de imaginar. Las nuevas generaciones se informan casi por completo con imágenes y lo que no está en la imagen no existe, por eso la fantasía, la imaginación, pierden fuerza en la vida de las personas, por eso una representación artística puede ser condenada, por eso los espíritus totalitarismos empiezan por cuestionar la libertad artística y terminan haciéndose del control de las naciones. Le recomiendo, de vez en cuando léase algo.

Y ya que del conflicto en Conaprole pasamos a las nuevas expresiones del totalitarismo como si tal cosa, esta edición elucubradora se retira con un nuevo obituario musical, de esos que cada vez se me hacen más frecuentes por una cuestión generacional. Falleció Tina Turner; no es que yo fuera “fan” de ella ni nada por el estilo (tenía un puñado de canciones que me gustaban, nada más), pero era de esas artistas que están en la memoria de uno desde el primer acercamiento a la música y es parte de la quintaescencia del rock y el soul americano, por eso no podía dejar pasar su fallecimiento sin al menos decirle que está en mis mejores recuerdos.

Quizás haya defraudado sus expectativas, usted esperaba que le hablara de Penadés, insistiera con el agua o me preocupara por el siniestro de Delgado, pero no. Como ya le dije, la agenda del escriba de pueblo, la marca el mismo escriba. Espere a la próxima, sé que habrá tiempo a hablar de todas esas cosas.

Por Javier Perdomo.

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