Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 01/02/2022: «Lo peor de nosotros mismos»

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Casi como sin querer, toca el turno de febrero en el calendario y es difícil no hacer referencias carnavaleras. En este 22, el festejo de Momo es allá por los últimos días del mes más corto del año, pero como el presente está plagado de mascaradas, podemos decir que todo el año es carnaval. Sin bombo, sin redoblante, mucho menos un platillo, las elucubraciones pasan por encima de todos los acontecimientos sociales y eventos multitudinarios de su tiempo para seguirle hablando como si nada más que sus propias preocupaciones existieran. Veamos qué pasa en esta oportunidad.

Pensé mucho si tenía que hablar de los temas excluyentes del final de enero, es decir la violación en patota de una mujer en Montevideo o el revólver de Schiappacasse (que son hechos inconexos, pero sintomáticos de un tiempo en que sospecho que la violencia tiene un carácter diferente al que había visto hasta ahora), pero se ha dicho tanta cosa sobre ambos hechos, que lo que pueda aportar este insignificante escriba de pueblo, puede resultar casi indiferente.

Sin embargo, sí me permito llamarle la atención sobre otro incidente, que pasó casi desapercibido en los medios, debido a la trascendencia que tomaron los asuntos antes mencionados (o quizás fue intencional, vaya uno a saber), pero que es también reflejo de ese tipo de violencia singular de la que le hablo, en un país que cada vez más se aleja de la visión idílica que tiene de sí mismo.

Le cuento: la atleta Débora Rodríguez, que ha representado a Uruguay en distintas competiciones internacionales con destacada actuación, se encontraba entrenando en el Campus de Maldonado previo al partido clásico que se disputó allí hace unos días -al que iba destinada el arma del “Nico”-, cuando comenzó a recibir una andanada de insultos racistas de la barra brava de Nacional. La deportista, parte de la elite del atletismo sudamericano, intentó no hacer caso a los insultos, pero como éstos continuaban, terminó yéndose del lugar, por supuesto que llorando, ante el gratuito ataque recibido. La propia Policía le aconsejó que dejara su entrenamiento antes de tiempo, porque “con esos tipos no se puede razonar”, contó la deportista que le dijeron.

Aparentemente los insultos iban dirigidos a ella como hermana de un ex jugador de Peñarol y obviamente los que la insultaban eran los del otro equipo. Lo explicito porque en esto de la violencia no hay inocentes. Schiappacasse habrá intentado ingresar un arma para una de las barras, pero la violencia abarca a todas las barras y no hay ninguna inocente.

Yo sé que usted me va a salir con que eso es algo que ocurre en el fútbol, donde está lleno de desquiciados, pero le aseguro que no sólo ocurre en el fútbol, porque el uruguayo medio -hasta el más “progre”-, a la hora de largar un insulto, tiene el “negro de m”, en la punta de la lengua.

Es más, ocurrió hace unos días atrás en un ámbito totalmente diferente: en una reunión de la bancada multicolor de Canelones realizada en el Palacio Legislativo, un edil blanco -no recuerdo su nombre-, en el fragor de la discusión le dijo “negro de m” a Julio Lara (otrora connotado legislador nacionalista, hoy devenido en funcionario del Legislativo), en el marco de una discusión sobre la estrategia a seguir en el diferendo que tienen con Orsi (en el cual, no se preocupe, no me voy a meter). Y mire que esto lo leí en El País, no es cosa de zurdo bolchevique; justamente cuando ya había comenzado a escribir las líneas elucubradoras, me encontré con ese artículo que reafirmó mi convencimiento.

Esa frase es un tic racista -también clasista-, de una buena parte de la sociedad uruguaya, que ve en “lo negro” todo lo negativo, por lo que a la hora de agredir a otra persona le aduce la condición de “negro”, adosada a una palabra insultante (elíjala usted). Por eso y por muchas cosas más es que hay que tener cuidado a la hora de decir que en Uruguay no hay racismo. Claro que lo hay y está en todas partes y en un millón de frases que decimos sin analizar su significado.

Pero voy a lo otro que le quería mencionar. Lo ocurrido con Débora Rodríguez -que se suma a la violación en patota de una mujer en Montevideo, a la violencia en el fútbol en general (no olvidar los líos que se produjeron en partidos de la copa de clubes del interior antes de fines de 2021), a los femicidios de los que tenemos que hablar cada poco, al creciente aumento de muertes por ajustes de cuentas entre bandas rivales-, es demostrativo de un estado de violencia y odio muy exacerbado, en una sociedad que por momentos es capaz de los gestos más solidarios y por otros, responsable de actos totalmente reprobables.

¿Sabe por qué le digo que creo que hay un tipo de violencia diferente? Porque hasta hace un tiempo -vaya a saber cuánto-, el o la responsable de un acto violento sabía que estaba expuesto a la condena pública, pero ahora ocurre que entre quienes condenan y quienes festejan no hay mayores diferencias y el que violenta sube un grado más su violencia para generar el beneplácito de determinados círculos, en los que sabe que sus hazañas serán ejemplo, motivo de diversión y hasta de admiración.

¿Quiénes los festejan? Por supuesto que todos los “intelectuales” de las redes sociales, los dirigentes del fútbol, los políticos  y los “líderes de opinión” de este tiempo (todos “craces” haciendo videítos con sus súper opiniones, pero no te saben escribir dos frases seguidas), que atizan los fuegos del infierno y terminan haciendo que las mentes débiles odien al del otro cuadro, al del otro color de piel, al de otra religión, al de otro partido, al de otro país y como usted sabrá, del odio nunca puede salir nada bueno.

Tiene y no tiene que ver. Hace unos días se cumplieron 77 años de la liberación por parte del ejército soviético del campo de concentración de Auschwtiz (por más que Hollywood se empecine en desmentir la historia, el que sufrió y derrotó al nazismo fue el pueblo soviético). El plan de exterminio de los judíos no surgió de un día para otro, fue algo que tuvo un proceso que comenzó con los discursos de odio. Hoy veo tanto discurso de odio a la vuelta que me preocupa lo que nos pueda deparar el futuro.

Tranquila, tranquilo, yo soy optimista por naturaleza, creo que es sólo un momento de confusión en la historia y que pronto va a pasar, pero quienes tenemos la preocupación por estas cosas debemos decirlas, porque callarse ante el odio y la discriminación es darles lugar a que sigan creciendo.

Lo que no crece es el espacio que este medio le otorga a las elucubraciones y cuando uno está recién calentando los dedos, se encuentra con que debe darle un cierre a sus dichos. Espero que le haya quedado claro el tenor de las preocupaciones del escriba de pueblo y le convido a que en siete días volvamos a encontrarnos en este espacio para seguir diciendo sin pensar en lo que piensen los demás. Hasta la próxima.

Foto tomada de la web.

Por Javier Perdomo.

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