Elucubraciones

Elucubraciones semanales: «Apuntes sobre el sistema electoral en año de elecciones»

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Un viernes temprano a la mañana comienza a estamparse en negro sobre blanco una nueva edición elucubradora del pasquín de pueblo, que ya antes de empezar le anuncia que no hablará del Antel Arena, porque a este escriba ningún Fiscal le marca la agenda. Dejando las ironías a un lado, si así le parece, cuando hagamos punto y aparte, empezarán las últimas líneas de febrero de la columna cuyo autor nada en dudas mientras le escasean las certezas, como buen ser humano que se precia de ser.

Claro que la decisión de un Fiscal sobre un asunto para mi clausurado hace mucho (el estadio cerrado fue una buena idea y una buena inversión, más allá de cuál fuera la resolución tomada por la Justicia), no va a hacer que varíe la idea que tenía antes de empezar a trasladar mis elucubraciones de un cálido febrero a la pantalla de la PC (¡ya no se trasladan al papel!). Así que elucubremos sobre lo previsto.

Como estamos en año de campaña electoral, cientistas sociales, encuestadores, constitucionalistas, líderes de opinión, son entrevistados sobre diversos enfoques de estos procesos que para algunos son alucinantes -entre los que me encuentro, claro está-, como son las campañas electorales. Entre todas esas discusiones que se dan, he escuchado a alguna gente que plantea que las elecciones internas de los partidos deben ser obligatorias, como lo son en la vecina orilla.

Yo no soy cientista social, ni encuestador, apenas si conozco lo básico de la Constitución y no me lidero ni a mí mismo, pero estoy convencido que no deben ser obligatorias, es más, le redoblo la apuesta y le digo que dudo de si las elecciones nacionales deben ser obligatorias  y en el siguiente párrafo le digo por qué.

Se parte de la base de que el voto es un derecho ciudadano pero que a su vez es también un deber. Y la verdad es que es una idea con la que no comulgo, porque entiendo que el sentimiento de ciudadanía es una responsabilidad y como tal debería ser asumido. Si hay personas que no sienten la responsabilidad de intervenir en la “cosa pública” participando de una elección de autoridades, pues bien, que no participen, no hay que obligarlos.

Es más, hay quienes pueden no querer participar por convencimiento ideológico, porque entienden que la vía electoral no es válida para promover cambios sociales. Y están en su derecho de no hacerlo. También están los que no les interesa participar, porque no les interesa más nada que sus propias circunstancias, sean éstas buenas o malas. Entonces la obligatoriedad, termina provocando que esos desinteresados, que votan sin conciencia, sean los que terminan dirimiendo las elecciones.

Que vayan a votar los que realmente tengan interés y que los partidos políticos deban ser creativos y activos para lograr que la gente participe de la definición de su futuro convencida de lo que hace y no obligada. Que los partidos deban convencer a la gente de la responsabilidad que significa dirimir los rumbos del país en elecciones, que los hombres y las mujeres dispuesto/as a conducir el país deban ser mejores a la hora de gobernar, porque tienen un electorado consciente y atento a los desvíos y a las falsas promesas que se pueden realizar en el marco de una campaña electoral.

Ya sé. Es como si estuviera en su mente ahora, usted se está diciendo, pero este tipo vive en el mundo de frutillitas. No, no, soy consciente del tiempo en el que vivo. Sólo le cuento lo que entiendo que sería el ideal a alcanzar, el utópico tiempo que no veré; tengo claro que la realidad es muy otra y que mucho de lo que rodea a la política está viciado de sospechas, de dudas e intereses espurios, tanto de parte de los líderes como de los propios votantes, que muchas veces son capaces de vender su voto por una “changa” o por un par de chapas (porque ser receptor de esas dádivas del poder es también corrupción).

Pero bueno, dejando la utopía atrás, sigamos analizando el sistema electoral uruguayo vigente desde 1999, que tiene problemas más importantes que la obligatoriedad o no de las elecciones internas.

Lo más importante a decir, ahora que recién estamos comenzando el carnaval electoral, reitero lo dicho al término de las dos últimas elecciones: el actual sistema electoral es extremadamente largo. Provoca hastío, aburrimiento, saturación  y rechazo a la política en general. Esto hay que cambiarlo. Estoy de acuerdo con que las elecciones nacionales y las departamentales estén separadas en el tiempo, pero deberían ser otros los tiempos que se manejan.

Mire, yo pienso en algo así como elecciones de mitad de período. Por ejemplo, que las nacionales y el eventual ballotage sea este año y que las departamentales sean, en lugar de mayo 2025 como están fijadas, a fines de 2026 o mayo de 2027. Ahí usted le da un descanso a la hinchada y no la tiene un año y medio con la cantarola electoral meta y meta. Sería más saludable para todos y además el país no estaría semiparalizado durante todo ese tiempo. ¿Qué habría que hacer muchos cambios en materia de funcionamiento del Estado al separar tanto las renovaciones de período entre el primer y el segundo nivel de gobierno? Que se haga, se puede hacer. El Estado tiene la estructura y el “pienso” para hacerlo.

Después, lo otro que hay que cambiar y ahí sí imitaría algo del sistema argentino, son las condiciones para llegar a la segunda vuelta. El ballotage uruguayo es demasiado exigente (como usted y yo lo sabemos fue hecho para evitar que ganara el FA en su momento, así y todo no lo lograron).

No puede ocurrir que un partido que le llega a sacar más de 15 puntos de diferencia al segundo ubicado, no gobierne. Si un partido logra más del 40% del electorado, con una distancia superior a los 10 puntos sobre el segundo, no debe ir nunca a segunda vuelta. Ahí, es otro mes menos que tenemos para “fumarnos” los jingles que nos prometen el oro y el moro, las falsas sonrisas en la cartelería callejera y todos los chirimbolos que nos deja una campaña electoral.

Por último, así como habría que dar la libertad de no participar en una elección, también hay que dar la posibilidad de que lo puedan hacer todos los uruguayos. Por eso, de inmediato, habilitar el voto de los uruguayos que viven en el extranjero, sin ningún tipo de limitaciones. Aunque haga 50 años que una persona vive en el exterior, tiene que tener el derecho (no la obligación), de participar en las decisiones que atañen a su tierra natal. Somos demasiado pocos como para estar ignorando lo que piensa un tercio de país que reside en el extranjero, buena parte de ellos ahí nomás, cruzando el charco.

Pero todo esto que le escribo queda en el plano de las elucubraciones de un escriba de pueblo, porque cualquier cambio que se pudiera operar sería pensando en 2029, ya para el proceso 2024 no hay margen. Así que usted, yo y la vecina y el vecino, tendremos internas el último día de junio, nacionales en octubre, eventual ballotage en noviembre y departamentales y municipales en mayo de 2025. Así no hay cuerpo que aguante, ni bolsillo que lo respalde.

En siete días vuelven las elucubraciones; si me agarra de buen humor, capaz que le hablo del Antel Arena, porque parece que no se convencen y van a seguir insistiendo. Claro, es año electoral y todos quieren meter su tema. Hasta la próxima.

Imagen tomada de la web.

Por Javier Perdomo.

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