Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 15/02/2022: «Historias de gente bien»

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Le confieso que no sé por dónde empezar; hay tanta cosa a la cual uno puede referirse que parece que no estuviéramos en pleno verano. De todas formas trataré de ser bien selectivo, porque como siempre le digo, a las elucubraciones nadie le impone la agenda, más allá que tenga vida propia gracias a lo que hacen, dicen y piensan los demás. Bienvenida/o a la columna semanal que le otorga su atención a los temas que nadie -o casi nadie-, le presta. Veamos qué ocurre en las próximas líneas.

Como no soy una pantera y en el barrio ni siquiera se me conoce como el “Pocho”, prefiero pasar por el costado de la ruidosa y mediática pelea por el uso de la imagen de la pantera rosa y centrar todas mis energías en otras estigmatizaciones y normalizaciones que dejan como evidencia hechos recientes; por ejemplo, la agresión que sufrió el hijo de un reconocido docente y filósofo en el este del país, confundido como un posible ladrón.

Corriendo peligro de resultar un texto desactualizado cuando usted lo reciba -habrá pasado más de una semana del incidente-, quizás buena parte de esta columna se me vaya en el asunto de marras, porque cuantas más opiniones leo del incidente, más me pregunto qué grado de violencia hubiéramos tolerado si no se tratara del hijo de un docente universitario de prestigio el que terminara siendo golpeado.

Sabe, en esto del periodismo y con los años, uno llega a entender que lo importante no es lo que a uno le dicen, más bien es lo que no se dice lo que importa, por eso cuando dicen que al hijo del filósofo se lo confundió con un ladrón, me quedo pensando en que buena parte de la sociedad -fielmente representada en los discursos de los medios masivos de comunicación-, entienden que si hubiese sido, en efecto, un ladrón, un pobre que andaba en el barrio “equivocado” o un “plancha cualquiera” y no el hijo de otra persona “de bien”, podría haberse justificado la golpiza.

Sí, sí, más allá que hubo un amplio apoyo de “los uruguayos” al muchacho agredido y a su familia, en particular a su padre -que indignado no dejó que pasara desapercibida la agresión e hizo la denuncia policial y publicó una extensa carta en sus redes sociales-, detrás de una amplia cantidad de comentarios que he leído, subyace la idea de que bueno, en este caso hubo una equivocación, pero si en efecto era un ladrón y hay oportunidad de pegarle una paliza, está bien hacerlo.

Por supuesto que esa lógica me parece un disparate, es una actitud que no se justifica en ninguna hipótesis, porque la justicia por mano propia nos embrutece y porque no puede nadie irle pegando al primero que se les cruza en la calle, porque le parece que lo van a robar.

Claro que sí, esta lógica justiciera, estos hechos -cada día menos aislados-, responden a algo a lo que me vengo refiriendo hace tiempo en esta columna y que si usted la sigue, sabrá qué es: hay en el ambiente social y político de este país una exaltación de la violencia y de los violentos, de los que arreglan las cosas a lo “guapo”, en la calle, en la tribuna o en el ring. Eso sí, siempre con las sacrosantas cámaras atestiguando el momento (así es como después, terminan apareciendo esos personajes que por un minuto de atención son capaces de suicidarse en público), para que el efecto sea multiplicado y la gente sea la que clame por ir más allá en los niveles de violencia que se aplican y difunden.

Eso de la argumentación ante otra persona que maneja argumentos distintos a los de uno, para que del intercambio de opiniones o visiones surja una síntesis sobre determinado asunto, está totalmente fuera de moda hoy. Hay una parte de la sociedad que entiende que tiene derecho a primar sobre la otra parte, que lo que beneficie o afecte a su grupo o casta es la única prioridad para la nación y que los demás integrantes de ese grupo nacional, deben ser callados, bloqueados, sometidos o en el peor de los casos, eliminados.

Eso, que es un núcleo de pensamiento de extremo conservadurismo se transforma en miedos sociales y en el caso del hijo del docente hubo -de integrantes de una clase media acomodada-, miedo al pobre, al diferente; como no se vestía como ellos, les pareció que tenía “pinta sospechosa” -¡cómo se le ocurre a ese tipo andar caminando con gorrita de visera en el balneario esteño!-, y se la dieron, no sea cosa que osara pensar en sacarles algo a ellos, que son las “personas de bien”, las que por ser de bien, creen que tienen derechos a hacer justicia por mano propia.

Usted me dirá que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero yo le ato los cabos como mejor me calcen y se la voy contando a mi ritmo. El otro día, el presidente Lacalle Pou recibió en la Torre Ejecutiva a un denominado grupo de familiares de presos políticos que exige imparcialidad de la Justicia en los casos de los presos recluidos en la cárcel de Domingo Arena y pidieron algún tipo de intervención o mediación presidencial en su drama.

Alguien, un extranjero, que pueda no saber quiénes están en Domingo Arena, escucha un planteo así y le puede parecer de recibo -más cuando es mencionado así, acríticamente por los grandes medios-, pero quienes sabemos que en esa cárcel están los genocidas y torturadores, responsables de la desaparición de cientos de uruguayos que fueron “eliminados” por pensar diferente a la mayoría de su tiempo, no puede más que dolerse al saber que un Presidente electo democráticamente los recibe y los escucha, en definitiva, los legitima (no ha recibido a las organizaciones de presos y familiares de víctimas de la dictadura).

La parte mínimamente crítica de la sociedad sabe que ese grupo que pretende defender víctimas está defendiendo victimarios y nadie creerá nada que salga de ellos -por eso es que molesta que el Presidente intente legitimarlos-, pero lo que yo le quería mencionar, quizás hasta recordarle, es que estos “señores” fueron en su momento parte de la “gente de bien” de la sociedad, a la que le preocupaba “la penetración” de “ideas foráneas” en la sociedad uruguaya y por eso terminaron provocando la etapa más negra de la historia del Uruguay del último siglo.

No digo que vaya a pasar lo mismo, sólo creo que hay que tener mucho cuidado con eso de la justicia por mano propia, lleva al exceso y le repito, nos embrutece como sociedad, casi que nos devuelve a la barbarie.

Así que nada, yo me cuido mucho de decir que soy “gente de bien” -porque en realidad usted sabe que no lo soy-, apenas con decir que soy gente me conformaría, pero como entiendo que hasta qué es ser gente es subjetivo, opto por no catalogarme de ninguna forma y dejarlo a su sano criterio de “gente bien”.

Las elucubraciones de esta semana van teniendo un pronto cierre. Es que si escribo un párrafo más puedo tener que adentrarme en otra historia apasionante y es tan poco el espacio que nos está quedando que todo quedaría en la enunciación de un tema, sin desarrollo, ni conclusión, así que si le parece nos encontramos en siete días, seguro habrán surgido mejores historias para desarrollar en esta columna que insiste en seguir saliendo, pese a sus propias dudas.

Imagen: vista aérea de la península esteña (foto tomada de la web).

Por Javier Perdomo.

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