Elucubraciones

Elucubraciones semanales: «Los términos y sus significancias»

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Lo sé, me va a salir con que ya estamos en junio, que se fue medio año y con que eso es un disparate, pero tranquilo/a, el tiempo pasa aunque no queramos, así que pase con él y no se preocupe de su paso sino de los pasos en falso que vamos dando en nuestro pasaje por este mundo. Así le recibe la columna elucubradora de inicios del sexto mes del año 24, haciéndole perder el tiempo en otra lectura inútil. O bueno, quizás no tan inútil, evalúelo usted. Si así le parece, comenzamos el recorrido.

En la discusión esa sobre la supuesta mayor rapidez con la que pasa el tiempo ahora, mi teoría (término pretencioso si lo hay en este caso), es que éste pasa igual que siempre pero como el paso del hombre por la tierra es cada vez más veloz, dinámico, vertiginoso, se confunde esa especie de aceleración de la historia con la velocidad del tiempo. Pero no, el tiempo solo pasa. Los que vamos rápido, somos nosotros.

¿A qué viene este comentario? A que a diario la novedad de hoy, nos distrae de la importante noticia de ayer, ésa, que tan preocupados nos tenía. La anterior edición elucubradora -se lo advertí-, versó sobre un tema (los chats de Iturralde), que cuando fue público el texto, ya estaba pasando a un segundo plano al anunciarse que se había determinado la identidad de los restos encontrados el año pasado en el batallón 14.

Sin desmerecer la preocupación por la sucesión de incidentes que han tenido como protagonistas a jerarcas y/o dirigentes de la coalición multicolor (de los cuales el intercambio de chats de Penadés-Iturralde es el último), y que tanto material han dado a este espacio, la identificación de los restos hallados en un predio militar impacta, porque es una nueva cachetada al negacionismo, al “están escondidos viviendo de la jubilación que les paga el Estado”, a expresiones como “curreros de los derechos humanos”, a la desidia estatal en la búsqueda. Es decir, cachetea a un montón de gente y con fuerza.

En este caso, se trataba de los restos de la militante comunista Amelia Sanjurjo, tal como se sospechaba y se pudo confirmar gracias a un trabajo paciente en el que, otra vez, estuvo involucrado un periodista -Walter Pernas-, ahora trabajando como funcionario del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDDHH).

No sabía nada de su persona -de Amelia, digo-, pero leí varias cosas por ahí sobre ella que seguro habrán emocionado a más de uno/a en estos días. Una persona simple y querida en su barrio, como tantas otras buenas mujeres que hay en los barrios de este país. Sabe, esas cosas leídas me dieron por pensar que es cierto, más allá de algunos nombres emblemáticos, cuando se habla de los detenidos desaparecidos se habla del conjunto, pero conocemos poco de las personas detrás de la palabra “desaparecidos”.

Quizás sea por eso que a algunas personas les cuesta identificarse con la causa, quizás, si conocieran más de las vidas que fueron segadas por el régimen cívico-militar que gobernó el país entre 1973 y 1984, habría reacciones distintas en muchas personas hoy prescindentes del tema.

Lo importante es transmitir siempre que eran personas comunes y corrientes que cometieron el gran “pecado” de pensar distinto a lo que pensaban los que estaban enquistados en el Poder, quienes usaron los aparatos represivos y de defensa del Estado contra su propia gente. El delito de Amelia, de los cinco otros desaparecidos cuyos restos se localizaron y el de los cerca de 200 que aún no aparecieron, es no haberse conformado con el orden imperante y aspirar a una vida mejor para todos.

Que quizás tenían errores de concepción, que podían tener estrategias equivocadas, que las tácticas no se ajustaban al tiempo y al espacio. Bueno, si usted dice, sí, puede tener razón, todo es discutible, lo que no se puede aceptar es que los mataran por expresar un pensamiento disidente al mayoritario. Para un escriba de pueblo como éste, que se gana la vida vagabundeando por su mente, que ha vivido su vida adulta en democracia, es difícil pensar haber vivido en un tiempo en que no se pudiera expresar los pensamientos con libertad.

Dicho esto sobre Amelia Sanjurjo y sobre la relativización de los conceptos, me vengo al presente para seguir profundizando en ese asunto. El último viernes de mayo, me desperté con la novedad de cuatro personas asesinadas en Montevideo, entre ellas un niño de 10 u 11 años. La primera reacción que tuve fue de leer el titular y seguir hacia otra noticia. Pero pasado unos instantes me di cuenta de la poca trascendencia que le había dado a una información tan fuerte.

Claro, de inmediato me dije a mí mismo que eso me pasó porque se ha vuelto tan habitual, tan normal escuchar sobre el asesinato del día, que uno casi se insensibiliza, lo relativiza, no le presta mayor atención, es algo que resuena allá en la radio o en la tele, pero que en verdad no le estamos prestando atención. Se trata tan solo de la muerte del día. Un número más. ¿Cuándo pasó eso, cuando nos volvimos insensibles ante un asesinato?

Cada uno tendrá su teoría al respecto, pero usted sabe que yo siempre le insisto con lo mismo, hay que ir hacia atrás, ver cuándo se instaló la idea del éxito fácil y rápido para encontrar las respuestas al tipo de violencia que se está viendo en el país, porque las razones sociales del delito son una realidad, aunque los gobernantes no lo quieran ver. Eso sí, en este caso, la situación se ve agudizada por un gobierno que creyó que cerrando algunas bocas de venta de estupefacientes tenía todo “el pescado” vendido. No tengo dudas respecto a que la estrategia seguida por el gobierno multicolor es la que ha incrementado la violencia criminal. Le erraron feo, no era por ahí.

Se quedaron con la fórmula del siglo pasado (que tampoco anduvo, dicho sea de paso), con los manuales que les entregó la DEA (Drug Enforcement Administration), en los 90’ y las consecuencias las estamos viendo ahora: aumento de la violencia, Estado ausente, Policía prepotente con la protesta social (como la que desalojó el liceo Zorrilla la jornada antes de los asesinatos), pero ineficaz contra el crimen. Esa es la realidad del Uruguay de hoy.

Dichas estas cosas le explico que va llegando al final la columna elucubradora, no sin antes comentarle algún asuntillo más, como aperitivo final a esta edición. Los conductores de este país, contentos y felices andan estos días tras el anuncio de la rebaja de los combustibles. 50 centésimos fue la rebaja y las redes sociales explotaron de felicidad, bueno, de ironía más bien, ya que la rebaja resulta casi absurda.

Usted me dirá que en grandes volúmenes se podría notar y bueno, puede ser que algo se sienta, pero tampoco será una baja sustancial. Lo cierto es que pasa el tiempo y el invento incluido en la LUC ha subido muchos meses el precio al consumidor, en algunos pocos se ha mantenido el valor y en solo dos se produjo una rebaja (en ninguna de las dos ocasiones de forma sustancial). Y bueno, ni soñar con que esas súper rebajas se reflejen en los precios de la canasta de alimentos, que es lo que a más gente afecta, como ya se lo he dicho antes.

Dichas estas cosas, la columna elucubradora de principios de junio va finalizando. Es probable que en siete días estemos por acá otra vez, intentando explicarnos por qué las cosas son como son y no como pretendemos que sean. Hasta entonces, si le parece bien.

Imagen ilustrativa, tomada de la web.

Por Javier Perdomo.

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