Elucubraciones

Elucubraciones semanales: «Los debates electorales y Chomsky revivido»

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A escasos días de sufragar, el espíritu democrático es lo que menos abunda a la vuelta; no porque abunde en contrapartida lo antidemocrático, sino porque, como le dije en la pasada edición, gobierna la apatía, pero como uno entiende que una elección es algo muy importante, en las elucubraciones se sigue hablando de la periferia electoral que es tan importante como la propia feria. Si así usted lo entiende, le invito a saltar al siguiente párrafo para seguir sufragando.

Usted sabe que los disparadores que dan pie a esta columna son diversos y el que da inicio a esta edición de previa electoral es un “flyer” que vi de una nota firmada por Aníbal Corti en el semanario Brecha que decía que “la cultura de la oratoria viene perdiendo terreno frente a la cultura del debate” y agregaba que ello se debe “a lo extraordinariamente bien valorados que están los debates en la cultura anglosajona”, que a su vez está extendida en todo el mundo y de la cual no escapamos (y creo que tampoco queremos escapar demasiado).

Me quedé pensando en esa cuestión de lo anglosajón del debate y con la insistencia por debatir ante cámaras que tienen algunos personajes de la escena política local que piensan que con ese enfrentamiento retórico puede cambiar voluntades electorales, algo que es difícil de demostrar científicamente (al menos así le parece a este escriba).

También ese “flyer” (término anglosajón si los hay), me hizo ir para atrás en el tiempo y recordar cuando blancos y colorados se ofuscaban con Tabaré Vázquez porque no debatía. Me vine un poquito más acá y me acordé cuando a Fernando Amado los legisladores frenteamplistas le votaron un proyecto de ley que volvió obligatorios los debates para que se convenciera de pasarse al FA (que al final no sumó mucho, dicha sea la verdad), y recordé también cómo Daniel Martínez tuvo un flojísimo desempeño en el debate con el hoy presidente Lacalle Pou y bueno, ha pasado, lo que ha pasado desde entonces.

Toda esa sucesión de recuerdos inocuos que guarda una mente subutilizada como la del autor de esta columna, igual llevó a que me preguntara ¿Son tan necesarios los debates? ¿Hacen a la esencia del sistema democrático? ¿Era necesario volverlos obligatorios? ¿Son útiles? ¿Un debate puede cambiar un voto?

Usted sabe que acá no hay respuestas absolutas y si no lo sabe (porque es nuevo/a e incauto/a lector/a), se dará cuenta al leer que a la pregunta de si son necesarios los debates le respondo que no y que sí. Es decir, si hablamos de debates de candidatos presidenciales no son estrictamente necesarios aunque sí pueden ser convenientes (si no pregúntele a Lacalle Pou). Pueden ser una buena herramienta para conocer qué piensan los aspirantes en los grandes temas, pero no son esenciales, mucho menos son cuestiones que deban regularse por medio de una ley.

Si hay un candidato que en el marco de su estrategia de campaña, como pasaba con Vázquez, no quiere debatir, pues bien, que no debata, y que tampoco reciba el acoso o condena pública de quienes quieren lograr debatir con el que va primero.

Respecto a si son útiles o no, bueno, nada es inútil, a todos nos puede aportar escuchar la contraposición de ideas entre quienes pretenden gobernarnos, pero como posibilidad no como obligación. Le insisto, volverlos obligatorios fue un error, porque son instancias en que se refuerzan fidelidades, pero difícilmente se capten incautos o indecisos, porque esos son a los que menos les interesan los debates (y cualquier otra cosa relacionada con la política), y es raro que se digan a sí mismos “voy a ver quién me convence en el debate”. El que los mira, ya está convencido/a o le falta poquito para estarlo.

Como verá, soy pesimista respecto a la utilidad de esta particularidad de la cultura anglosajona (a la que por cierto soy muy afecto, mis mayores referentes musicales son casi todos ingleses), cuando hablamos de debates entre candidatos presidenciales, ahora, sí creo que pueden ser muy interesantes cuando los que debaten son técnicos y/o especialistas en una temática puntual, que la desmenuzan. Con esos intercambios uno puede entender y hasta también cambiar de parecer o lograr una síntesis de pensamiento (si se está interesado, claro), porque frente a frente hay personas que desde posturas distintas, analizan una temática y por qué no, terminan acordando en aspectos en los que antes de ese diálogo diferían.

Cuando el debate no es para ver quién lo gana (como ocurre en la cultura anglosajona en la que el o la protagonista de la historia, triunfa luego de demostrarle con un discurso emocionante a un público adverso, que tenía razón y así logra el encendido aplauso de los presentes que le felicitan y le abrazan, para terminar así la película), sino para salir complementados de él, entonces es más que positivo debatir, intercambiar, en definitiva, dialogar.

Usted ya quiere que le cambie de tema porque eso de debatir le tiene sin cuidado, lo sé, pero es que he llegado hasta este punto del texto sin nada interesante para decirle de la campaña electoral, pero sí le puedo contar de una alegría y una preocupación que tengo, que nada tiene que ver con las elecciones pero sí con el mundo de los medios y las ideas.

La alegría es porque fue mentira la noticia que circuló a mediados de la anterior semana respecto a la muerte de Noahm Chomsky, el lingüista norteamericano y referencia mundial del pensamiento anarquista en este siglo XXI (el verdadero anarquismo, el que rechaza todas las formas de poder). Un intelectual de fuste, desde la cuna del imperio, con una mirada que piensa siempre en los de abajo y que cuestiona al Poder -con mayúsculas-, en todas sus formas.

Le cuento, Chomsky tiene 95 años y anda por Brasil. Fue internado en una clínica por una descompensación y esa internación dio pie a la noticia de su muerte. No sé quién lo dijo primero, pero sí sé que medios prestigiosos, con capacidad de chequeo de la información se hicieron eco del “bulo”, como le dicen los españoles, e informaron que Chomsky estaba muerto, lo que generó diversas declaraciones de congoja que debieron ser retiradas rápidamente.

Claro, por su edad nadie pareció dudarlo, hasta que salió su esposa a desmentir la novedad. Chomsky ya había sido dado de alta y anda “alive and kicking” (vivito y coleando, ya que estamos anglosajones), brindando claridad en un tiempo de confusión, en el que los que se dicen revolucionarios odian las diferencias en lugar de abrazarlas y en el que ser de izquierda es visto como ser parte del establishment, cuando en verdad siempre se ha ido contra lo establecido, contra los poderes que ahora se disfrazan con posturas que parecen de izquierda, pero que son parte de la reacción de la ultraderecha.

Pero bueno, me fui por las ramas, como siempre, antes de irme le quería decir que la preocupación viene dada por esa necesidad que hay de tener la última, de dar la primicia. No es la primera vez que matan a alguien y después deben salir a desmentir. Hay que tener mucha certeza para anunciar una muerte. Hay que tener mucho cuidado.

Dichas estas cosas me voy retirando ya. La próxima edición no habrá mucho para decir del acto eleccionario -quedará para la siguiente-, así que ya estoy preparándome para dar una vuelta por el mundo. Si así le parece, nos encontramos en siete días, acá, en la página 4 de su periódico.

Imagen: Lula visita a Noam Chomsky, tras ser dado de alta en un hospital de San Pablo (tomada de la web).

Por Javier Perdomo.

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