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Elucubraciones

Elucubraciones semanales: edición 28/12/2021: «Qué tristeza, genera la violencia»

5 minutos de lectura

No le voy a preguntar si tiene resaca post navideña, esas son cosas íntimas en las que no se pueden andar pesquisando como si uno fuera investigador de revistas “rosas” (las de los chimentos), aunque bien sabemos todos que ahora basta abrir una red social para saber todo de todos y sé que no habrá faltado quien se fotografiara mostrando todo lo que tomó y comió. En las elucubraciones, dejamos el jolgorio para más adelante porque todavía seguimos teniendo cosas para decir de este 2021. Bienvenida/o a la última instancia elucubradora del año, espero que la despedida sea como usted la espera.

A veces, le reconozco, me pregunto por qué sigo haciendo esta columna, que de tanto en tanto genera la molestia de lectores que se enojan por la supuesta dureza de los conceptos acá vertidos (y eso que uno hace todo lo posible por ser suave); a veces me pregunto si de verdad hay gente que la lea, si se entiende algo de lo “elucubrado”. Pero cuando más dudas he tenido sobre la utilidad del espacio, siempre aparece algún desconocido o alguna desconocida, que de la nada te dice “vamo arriba”, “bien ahí” o algo parecido, junto a “te leo siempre”. Entonces uno borra las dudas y sigue sintiendo la responsabilidad de decir, mientras tenga la capacidad de hacerlo.

Ahora dejemos los sentimentalismos y el ombliguismo del señor director de lado (esto de desdoblarse tiene sus bemoles), y vayamos a lo que importa, que es escudriñar con lentes propios el presente que nos toca en suerte vivir.

Me asusta, de verdad me asusta lo que se está volviendo reiterativo. Con la excusa de garantizar el derecho de “los que quieren trabajar”, el gobierno está reprimiendo a otros uruguayos con los mismos derechos que tienen los que supuestamente busca proteger.

Son dos hechos ocurridos en un corto tiempo, el primero fue en Tres Cruces donde hirieron a un trabajador del transporte con un disparo de arma no letal, el segundo el de ahora, el de los camioneros a la entrada del puerto montevideano; las imágenes impresionan (vi un video por internet, no los informes televisivos), hacía demasiado tiempo que no veía a la Policía pegándole, arrastrando a civiles por protestar en este país. Me dio mucha pena, no merecemos vivir en un Uruguay así.

Mire, yo sé que hay gente que festeja estas cosas, es más, es probable que medidas de este tipo sean realizadas para agradar al núcleo duro de apoyo de la coalición gobernante, pero la verdad es que estaría bueno que el gobierno bajara la pelota, porque se le está yendo la mano. La función de la Policía no es reprimir trabajadores, es prevenir y combatir el delito. La Policía no puede, no debe ser una fuerza de choque al servicio del gobierno de turno, especializada en la represión de los movimientos sociales o sindicales.

No, no, tranquila/o, no estoy pensando en subestimar a los lectores de esta columna hablando de por qué son útiles los sindicatos, lo que busco expresarle es que me preocupa el incremento de la virulencia del accionar policial, es algo que parece venir en aumento, es como que les van soltando la correa. Las autoridades son permisivas con esta forma de actuar y se puede ver a la Policía cada vez más decidida a la hora de ir al choque con las manifestaciones.

El gobierno jura y perjura que respeta los derechos sindicales, pero la represión que se vio en particular en el puerto, desmiente por completo lo dicho hasta por el propio Lacalle Pou, que dice que se puede protestar “con cartelitos” pero no cortar calles, demostrando cierto desprecio por la protesta social.

Dos o tres cosas más antes de irme retirando del tema, y es probable que del año; incidentes como el del puerto se dan por la incapacidad de los partidos gobernantes de entender la forma en que se concreta la protesta social en Uruguay. En la LUC, por ejemplo, se legisló contra algo que no se utiliza en el país: los piquetes. Hubo un núcleo de gente de este país que se quedó con la imagen de los que cortaban los puentes en Argentina y asimiló toda protesta social a eso. Así legislaron.

Un piquete es una medida de corte radical del tránsito que se sostiene en el tiempo. No es ni por una hora, ni dos, ni cinco. Son días, a veces semanas. Eso, los sindicatos uruguayos no lo hacen y allí es que se promueve la confusa idea. Por ejemplo, en el caso del paro del transporte, lo que hacían los trabajadores fuera de Tres Cruces era enlentecer la salida de los coches. Son dos, tres minutos de cántico y ruido y el ómnibus sale con normalidad. Eso no es un piquete, ni impide el desplazamiento de nadie, por lo cual la Policía nunca debió intervenir, sin embargo -y más allá del balazo de goma-, actuó con una virulencia absurda en el Uruguay de 2021.

Lo otro que le quería decir es respecto a los que quieren y no quieren trabajar. Para que una medida sindical tenga verdadero efecto, debe haber una mayoría sustancial de trabajadores de acuerdo con tomarla. Si de 100 obreros, sólo 10 toman la medida, seguro que será un rotundo fracaso y ningún dirigente sindical con un mínimo de inteligencia se suicidaría estratégicamente de esa forma. Para que las medidas tengan efecto deben contar con mayorías claras.

Entonces, si de 100, 90 están de acuerdo con una medida y 10 no lo están. Bueno, lo siento, pero prima el derecho y la voz de los 90, por lo menos eso es así en un sistema democrático. Y si esos 90, decidieron paralizar una planta, es lógico que no quieran dejar entrar a los 10 que quieren trabajar. En un sistema democrático, priman las mayorías, que por supuesto siempre son circunstanciales y cambian a cada rato, pero mientras se es minoría hay que acatar las decisiones mayoritarias, nos guste o no nos guste, por lo tanto yo relativizaría eso del derecho de los que quieren trabajar. Todos quieren -¿queremos?-, trabajar, el problema está en de qué forma quieren trabajar.

Iba a hablarle de los sindicatos policiales y su pertenencia o no al Pit-Cnt tras estos hechos, pero no, es demasiado, ya está, tiremos la toalla y dejemos esas cosas para comenzar a tratarlas allá en febrero del año entrante, cuando el calor sea cada vez más pegajoso y nos estemos preguntando si ya no es hora de ir comprando la leña. Por ahora estamos de fiesta, nadie quiere oír de problemas complejos y el escriba no quiere ser el latoso de siempre, recordándole que todo está peor de lo que imaginábamos.

En 2022, seguro que encontraremos con más cosas para cuestionarle a nuestro mundo circundante, pero lo mejor es poder ser parte de este tiempo cada vez más desafiante. Vendrán nuevos problemas, nuevos dilemas que abordar, pero mientras entendamos que el aprendizaje es una constante, nos enfrentaremos a ellos con entereza y sabremos que el camino siempre va hacia adelante.

Le recuerdo que el pasquín se toma unos días de licencia y por supuesto esta columna sin el soporte del pasquín no existe, por lo cual nos estaremos reencontrando por aquí avanzado el mes de enero. Así que hasta entonces nos despedimos, que arranquen bien el año y no se olviden que nada cambia cuando cambia el almanaque, es solo un número más. Buen año 22 para todos los lectores de La Semana. Y para quienes no nos leen también.

 

Por Javier Perdomo.

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