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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 26/08: «ladrones muertos y mini presidentes»

5 minutos de lectura

¡Qué largo se me hizo agosto! Pandemia y fríos polares mediante, aún nos queda transitar casi una semana más del mes ocho. Los bolsillos de los caballeros y las carteras de las damas están exhaustos/as y uno que de caballero no tiene ni un pelo, está más desplumado que gallina de puchero. Igualmente, las elucubraciones siguen al firme, demostrándole que no hay corona que nos tire ni reino que se resista a nuestros decires. Bienvenido/a sea, en esta columna democrática hay lugar para todos y a renglón seguido comienza el viaje semanal. Súbase no más, que ya comenzamos.

El camino comienza otra vez en nuestras tierras josefinas (vio, dejé atrás los pretenciosos escritos en los que me metía con la política internacional), para detenerme en algo que se reitera cada vez que muere un delincuente, como ocurrió en estos últimos días en Ciudad del Plata. Cuando un hecho de esa naturaleza ocurre, es dado leer en las “redes amorales” comentarios como “uno menos”, “bien matado” o referencias a lo buena persona que es el matador, en comparación con el tipo que delinquió y que por ello fue asesinado. Claro, usted ya me entendió, escribo de este asunto, porque lejos estoy de comulgar con este tipo de posturas.

Por supuesto que uno no se pone del lado del ladrón cuando aborda este asunto; quien roba merece una pena y creo que es algo que no tiene discusión (se puede concordar o disentir con el tipo de penas, esa es otra cuestión), pero de ahí a celebrar públicamente el asesinato de un ser humano, por más ladrón que sea, no parece ser buena práctica. Menos buena práctica es ser el ejecutor de un ser humano.

Es tal el grado de confusión social que para muchos, robar es un delito mayor que matar. Si uno mata a un ladrón preserva la propiedad (por supuesto que cuando está en riesgo la vida propia, la perspectiva cambia por completo), por lo tanto no recibe la condena social (a veces hay y a veces no hay, condena judicial). En la escala de valores de este tiempo (a decir verdad, desde siempre), la propiedad es más importante que la vida y este escriba de pueblo disiente sustancialmente con esa visión del mundo y lo transmito en una columna que fue creada, precisamente, para disentir con los lugares comunes.

No hay nada más importante que la vida, sea la de un “alma descarriada”, la de un/a santo/a, la suya o la mía (que no somos santos pero tampoco demonios), y por más equivocado que esté un individuo, no somos quiénes para quitarle la vida (menos si la nuestra propia no está en peligro).

Pero además -y esto es central-, para evitar abusos, ejecuciones sumarias, la idea del ojo por ojo y la venganza tribal, por generaciones y generaciones, la humanidad ha ido moldeando sistemas judiciales -imperfectos y perfectibles, como toda creación humana-, que regulan la forma de impartir “justicia” a partir de la intervención de profesionales (abogados, jueces, fiscales, policías y etcéteras), de forma tal que todos tengamos las mínimas garantías a la hora de denunciar, declarar o ser acusado, para no andar matándonos unos a otros por la calle, como ocurría hasta no hace tantos siglos atrás.

Esto que le estoy escribiendo es un razonamiento muy básico del funcionamiento de un sistema legal, pero a la gente que aplaude los asesinatos de ladrones no le mueve otra cosa que la venganza y es por ello difícil que entiendan cuáles son los límites a las libertades individuales. No matar es una limitante a esas libertades (aunque el objeto de nuestra ira sea un criminal), porque ahora podemos empezar a aceptar que se pueda matar a un ladrón, pero mañana también querremos que se acepte matar a los vagabundos porque afean las calles de la ciudad y después a los vecinos que hacen ruidos molestos porque… yo qué sé, alejan inversores, por ejemplo. Al final, todo sería una gran carnicería incontrolable, alocada, que nos volvería a la prehistoria de la humanidad.

Así que antes de tomar otro rumbo elucubrador -siempre hay temas sobre los que versar-, le recomiendo que piense bien cuando vaya a darle “like” a un posteo agresivo en sus redes, porque como todo acto agresivo se termina volviendo contra uno mismo. Al menos, así lo cree este escriba de pueblo, que no hace más que hablar de las cosas que le ocurren a los demás.

Superado el tema de los perpetuadores de odios en las redes, me sitúo en un tema mucho más superficial que el del arranque. No sé si se acuerda que estamos en campaña electoral, aunque no lo parezca así es y uno no tiene otra que seguir relativamente atento los decires de todos los candidatos del departamento.

Entre todas las cosas que uno escucha -y transcribe-, hay algo que me rechina horrible y es cuando los candidatos al tercer nivel de gobierno hablan de “las alcaldías” ¡No existen las alcaldías en Uruguay! Existen alcaldes que presiden los concejos municipales (integrados por concejales), de los 112 municipios del país.

No, no es una mera cuestión semántica, por algo los redactores de la ley que creó la figura de los municipios no denominaron alcaldías al nuevo órgano de gobierno. Hay especificidades que las diferencian y estimo que quienes quieren gobernar esos territorios, deberían conocer bien qué tipo de entidad es la que pretenden gobernar. Yo le llevo que en la primera campaña, la de 2010, hubiera gente que se confundiera, pero ya todos lo tendrían que tener claro.

Pero hay otra cuestión que me causa mucha gracia, escuchando discursos y planteos de candidatos a alcaldes y es lo abarcativos que son. Muchos hablan de programas que son más para gobernar países que municipios -parecen micro presidentes-, prometen mundos ideales y acciones faraónicas, sin ni siquiera tomar en cuenta lo limitadas que son las atribuciones constitucionales que tiene el Alcalde y su Concejo Municipal.

Un consejo de atrevido nomás que soy: cuando vayan a prometer algo, recuerden los candidatos a alcaldes, que la Ley aún no los considera capaces de manejar fondos propios y que todo depende de la buena voluntad y el espíritu descentralizador que tenga el o la titular de la Intendencia (la de San José y todas las del país). Estaría bueno que se centraran en lo que pueden hacer y no que nos pinten mundos ideales, porque al final, termina todo en desilusión, con gente descreída, queriendo matar a los ladrones, porque considera que los políticos no hacen nada. Cómo van a hacer, si ni siquiera saben lo que se les permite hacer.

Por acá me planto, como siempre le digo, todo tiene que ver con todo y le dejo un último comentario. Aquellos que piensan que con ser buen vecino alcanza para ser Alcalde, le erran feo y al final terminamos jodidos todos, porque los abrazos y las sonrisas no alcanzan para gobernar.

Será hasta la próxima semana, habrá menos tiempo de elucubrar, pero intentaremos estar a la altura de las circunstancias, como siempre ocurre.

Por Javier Perdomo.

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