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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 26/01/2021: «Religiosidades y periodismo militante»

5 minutos de lectura

Con la frente en alto y el ánimo enhiesto, las elucubraciones semanales llegan a estos finales días de enero con el pleno convencimiento de que ni todo tiempo pasado fue peor ni lo que está por venir necesariamente será mejor. A pesar de esas conclusiones inquietantes, seguimos despilfarrando optimismo con la escritura sencilla de quien no sabe nada pero presume de todo. Así se presenta el clásico espacio de su periódico, que nació en un verano de ocio y que ya ni se acuerda por cuántos inviernos ha transitado. Entremos en los asuntos a tratar.

Finalmente no pasó nada en la asunción del nuevo señor del norte, el demócrata Biden es el Presidente de los “states”, mal que le pese a Donald. Las huestes trumpistas se quedaron con las ganas de verlo tomar por asalto el poder y transformarse así en el nuevo mesías y/o presidente perpetuo con el que sueñan sus seguidores más radicales, un movimiento variopinto en que el extremismo religioso y el político se potencian dentro de un país en que la religión está menos separada del Estado de lo que las leyes establecen.

Sabe, en una de estas noches aburridas de verano encontré un documental alemán sobre las iglesias evangélicas en Estados Unidos y uno no puede dejar de sorprenderse de la fantástica -por fantasiosa- cosmovisión en la que viven millones y millones de norteamericanos que reniegan de la evolución, fundamentan toda su teología en el creacionismo y se sienten el pueblo elegido para combatir a los ateos y los comunistas (¡todavía con los comunistas!).

Pero mire que cuando hablan de combatir es combatir de verdad, es decir, tomar las armas y prepararse para “eliminar el mal”, en un país en el que comprar un arma es como comprar un kilo de asado para nosotros. Esos que vimos en los últimos tiempos armados a guerra por distintas ciudades norteamericanas, son “buenos americanos”, que trabajan, tienen una familia, van a su iglesia los domingos y están armados hasta los dientes (con auténticas armas de guerra), para combatir a los impíos (musulmanes, ateos, comunistas, gays y más).

Sería anecdótico si estos movimientos fueran minoritarios, pero no, por el contrario, son una buena porción de los norteamericanos y la mayoría de los mensajes y las acciones de Trump tuvieron como público objetivo esa Norteamérica de fantasía en que son el nuevo pueblo elegido y que están predestinados a salvar al mundo del ateísmo y el comunismo.

Por los peligros que implica ese tipo de gente fue que buena parte del mundo festejó el triunfo de los demócratas, que son más diversos y tienen algunas tendencias más socialdemócratas (para los trumpistas esos son los comunistas), que los hacen auténticos progresistas ante tanto retrógrado neurótico. Pero tampoco hay que ilusionarse con el amigo Biden, porque es parte del “stablishment” del imperio y cuando alguien llega a presidir ese imperio, es porque “tranzó” con todos.

Volviendo al fanatismo religioso de las iglesias evangélicas, hay tendencias similares en toda América, con inusual fuerza en el Brasil de Bolsonaro y también en Uruguay están presentes. Hace pocos días nomás, una de ellas convocaba a los jóvenes a participar de un campamento para prepararse a combatir y los slogans usados eran acompañados con imágenes de jóvenes con ropa militar y pinturas de guerra. Claro, cuando los cuestionaron hablaron de metáforas y le buscaron la vuelta para una salida elegante, pero lo cierto es que todas esas agrupaciones se sienten poseedoras de la verdad revelada y todo el que no piense como ellos es su enemigo. De esa forma, es que adoctrinan a sus seguidores.

Por eso cuando a mi puerta llega un vendedor de Beraca o Remar, con la mayor delicadeza es que les digo que no me interesa ninguno de los productos que me venden y que no me interesa ayudar a ningún joven que se esté “recuperando de las drogas” como te dicen en el “speech” con el que largan a sus vendedores a la calle. No ayudar a que se financien, es también una forma de combatirlas.

Y ya vamos dejando atrás a los falsos profetas, porque en este tiempo hay muchas cosas interesantes de las cuales hablar y discutir. Resulta que en estos días se está dando el pasaje de varios periodistas a la órbita política o de trabajo institucional para el Estado. El más sonado de estas semanas fue el de Gustavo Romano que trabajará en la Intendencia capitalina y a nivel departamental tenemos el pase de Wilson Ramírez que pasará a desempeñar un cargo en su otra profesión, sociólogo, en la ISJ.

Respecto a ambos casos se han dicho muchas cosas, cuestionadoras por supuesto, y la verdad es que si me pide usted una opinión -y aunque no me la pida se la daré, porque para eso existe este espacio-, no lo veo como un hecho trágico ni que desmerezca el trabajo hecho por ellos (que no me corresponde valorar), antes de asumir sus nuevas funciones en el Estado. Creyente como soy, de que los mejores deben ocupar los puestos en la estructura del Estado, qué mejor que poner a un periodista en áreas de comunicación institucional.

Pero lo que sí creo es que cuando se da el paso, ya no hay vuelta atrás. Uno no puede entrar a trabajar al servicio del sistema político por un tiempo y después volver al periodismo, porque ya se está “contaminado” (en el mejor de los sentidos) y su voz u opinión ya no tendrá la misma validez que tenía antes.

Es una apuesta arriesgada, no se vaya a creer. Uno puede llegar a estar en el Estado mientras el jerarca que lo llevó esté allí, pero en cinco años -o menos-, puede quedarse sin nada y debe empezar casi de cero, demostrándole a las audiencias que puede volver a tomar distancia de los hechos y analizar con un mínimo de perspectiva lo que ocurre en la arena política.

El escriba de pueblo no quiere -por ahora al menos no está en los planes- un puesto en el Estado, aunque sí reclama los respaldos que el Estado debería estar brindando a los medios, en tiempos en que sufrimos una doble crisis (estructural y coyuntural) y ante la cual no hay más que una solución, cobrar impuestos a las multinacionales de la comunicación y con ese dinero promover las cultura y la comunicación nacional.

Pero no importa, acá seguimos, demostrando que se puede seguir siendo honesto y no tener un solo peso en el bolsillo. Por suerte, ahora estamos más contentos, porque el gobierno logró colarse y consiguió vacunas, así que en un tiempo más veremos a Kesman relatando la partida del hércules hacia las Europas en busca del tan preciado bien. Ya me estoy preparando para las emociones que tendrá su llegada al país con el “cuqui” abrazado a las cajas de los frasquitos milagrosos, prometiendo que todos los aumentos producidos al comienzo del año, no dolerán tanto como duele la vacuna.

Bromas aparte, la discusión ahora se centrará en si vacunarse o no. En si son o no efectivas y todas esas cosas, pero como en las elucubraciones no tenemos el saber universal y para cuestiones como estas uno tiene que llevarse por lo que dicen los que saben, así que si las ciencia las aprueba, acéptela. No se vuelva negacionista ni creacionista, eso déjeselo para los yanquis que viven en una burbuja, sea inteligente.

Abrupta, decidida y sin vueltas es la retirada. Es que me extendí de más y la página está quedando corta, así que le digo hasta la próxima si es que tenemos la posibilidad de reencontrarnos.

Por Javier Perdomo.

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