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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 25/05: «Mayo, recuerdos, utopías y despedida

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Tranquila, tranquilo, le prometo que no voy a hablarle de la interpelación a la Arbeleche, como hice hace siete días cuando le hablé de una sesión de Diputados que miré. Esta vez vi muy poco del debate y en el tiempo que lo hice, nada como para comentarle rescaté, así que deberá de versar sobre otros asuntos esta última edición elucubradora del mes de mayo (que de tan largo que está siendo parece que fuera todo un año). La capacidad de encontrar otros asuntos de los cuales hablar, debe comenzar a demostrarse al saltar al siguiente renglón, por lo que si así le parece, ya lo vamos haciendo.

Ahora que menciono mayo, se me ocurre mencionarle que el quinto mes del año tiene dos fechas emblemáticas para los uruguayos. El 20 porque se desarrolla la “Marcha del Silencio” y el 26 porque se recuerda el Día del Libro. Son fechas que no guardan relación directa entre sí, pero que de alguna forma se conectan, ya que un pueblo instruido jamás optaría por la violencia para imponer su visión del mundo, como hicieron los responsables de que todos los años se recuerde a Michellini, Gutiérrez Ruíz, Barredo y Whitelaw, como víctimas emblemáticas del terrorismo de Estado (por supuesto que no fueron los únicos), con el reclamo de verdad y justicia.

Como las elucubraciones ya han versado en anteriores años sobre el tema de la impunidad y la necesidad de justicia, voy a aprovechar esta edición que se publica  pasado el segundo 20 de mayo pandémico, para volver a reivindicar un utópico planteo de este escriba de disolver o llevar a su mínima expresión a las fuerzas armadas uruguayas.

Tenga por seguro que sé que nadie del sistema político me acompañaría en un planteo así en este momento -más cuando las posiciones de derecha son mayoritarias en el país (al menos así fue en las últimas elecciones)-, y es por ello que lo menciono como una utopía, pero déjeme decirle que estoy convencido que bien podríamos emplear los fondos y las energías que se invierten en mantener una fuerza semi-parásita, en verdaderos proyectos de desarrollo que engrandezcan al país y que no lo empequeñezcan, como lo hicieron las “fuerzas conjuntas” en ese pasado no tan lejano del que prefieren no hablar.

Entiendo que puede resultarle descabellado pensar vivir en un país sin soldados; desde que nacemos hay milicos a la vuelta, están incorporados a nuestra vida (incluso hay quienes sueñan con esa carrera); no sabemos qué es una sociedad sin Ejército, ni siquiera la imaginamos, es más, nos machacan con que son importantes. Los hemos asumido como parte del sistema -hay gente que ni se pregunta cómo es que se financian-, por más que puedan no agradarnos, por más que sepamos de su inutilidad ante una agresión externa y que seamos conscientes de que su mayor capacidad de combate es cuando se vuelven contra los “enemigos” internos que ellos determinan.

Yo no tengo problemas en decírselo con todas las letras, se trata de una casta soberbia e iluminada, plagada de privilegios (la mayoría instaurados durante la etapa dictatorial), inimaginables hasta para los civiles más encumbrados, que conciben a los demás habitantes del país como meros instrumentos para sus propósitos y no como ciudadanos a los que deben prestar servicio por su condición de servidores públicos a los que se les paga un sueldo, gracias a los aportes que hacen (hacemos), los de a pie.

Tan privilegiados son que se jubilan siendo muy jóvenes, en la plenitud física como para dedicarse a cualquier otra profesión o sacar provecho en el ámbito privado de la formación que pagamos usted y yo en los cuarteles. Tan privilegiados son que si son tenientes se retiran con el sueldo de capitanes (siempre un cargo superior al que tenían), que tienen salud, caja de retiro, centros de vacaciones y clubes deportivos exclusivos para sí.

Y lo mejor de todo es que tienen ideología propia y ejercen el monopolio del uso de la fuerza, por eso si les querés tocar alguno de esos privilegios te saltan a la yugular y avivan cucos y fantasmas, que pueden haber dado su resultado en el pasado, pero que ahora solo pueden asustar a unos pocos incautos, poco interesados en la verdad histórica y más orientados al “barrabravismo” (término que acabo de improvisar).

Algo de eso hizo Fregossi (el actual comandante del ejército), hace unos días atrás, cuestionando las súper tímidas reformas que se animó a hacer el Frente Amplio en el período anterior, que para la cúpula militar son casi una afrenta, instando al actual Ejecutivo a cambiarlas. Pero además, alertando, que no se les ocurra meter mano en la caja militar en la reforma del sistema de jubilaciones que están planificando. “A nosotros no nos saquen nada”, pareció decir Fregossi, que volvió sobre la tan mentada ayuda militar en inundaciones y en las emergencias nacionales, como en la actual pandemia, y uno se ve tentado a decirles, bueno fiera, por lo menos estás haciendo algo, porque la mayoría del tiempo pagamos para que jueguen a los soldaditos.

Voy cerrando con esto. ¿Se imagina cuánto se podría hacer con los varios puntos de producto bruto interno que se destinan a financiar el aparato militar? ¿Se imagina vivir en una sociedad que no sienta el permanente tutelaje militar? Se la voy dejando por ahí. Como se imaginará ha surgido un tema de último momento que exige por lo menos unas pocas líneas, así que continuar con el análisis de lo militar queda como tema pendiente.

Sí, claro, hay que mencionar el fallecimiento del ministro Jorge Larrañaga en esta columna, ya que lo tuvimos como objeto constante de crítica desde que tomó a la seguridad pública como su caballito de batalla electoral. Como ya le dije en otras ocasiones, en las elucubraciones no celebramos muertes (como sí hace alguna gente que se piensa inmortal), pero tampoco santificamos a quien fallece, cuando en vida lo cuestionamos.

Ese es el caso del “Guapo” quien, considero, se estaba equivocando bastante en el abordaje de la seguridad pública desde que era opositor y en el último tiempo, ejerciendo el cargo de Ministro del Interior, cargo en el que uno pensaba que no iba a durar mucho tiempo, pero no porque falleciera, claro está.

Es difícil decir qué dejará para el futuro una figura como el “Guapo”. Sin dudas que para los nacionalistas mayo quedará marcado por la muerte de Larrañaga, no sé si será un sentimiento nacional.

Recuerdo una foto de campaña electoral en la que se lo ve cabalgando, ataviado de gaucho, a la vieja usanza de los caudillos nacionalistas. A uno, criado en el “pueblo”, casi que le causaba gracia la imagen gauchesca y me preguntaba cómo eso podía captar adhesión en el Uruguay del siglo XXI, el de la fibra óptica, el de internet, el de Suárez, Cavani y el “Maestro”. Sin embargo tenía su gente, incluso en las “ciudades”, lo que le posibilitaba tener una representación parlamentaria importante, en una sociedad que cada vez parece más “estamentada” (así es que los milicos tienen su partido y los evangélicos sus legisladores).

Dejo acá, con respeto hacia quienes les duele la partida del “Guapo”, terminan las elucubraciones semanales, en un domingo de intensa lluvia. Esperemos que junio nos traiga mejores nuevas. Hasta la próxima.

Por Javier Perdomo,

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