Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 24/01/2023: «Conduciendo por los verdes prados»

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Tenga usted la amabilidad de recibirme otra vez en su rincón favorito. Soy de los que cree que hay textos que se deben leer en sitios especiales y me he esforzado durante todos estos años de escribir la columna elucubradora en que sea una de esas lecturas a las que hay que dedicarle tiempo y lugar. Realizada esta apreciación no queda más que decirle que es tiempo de darle rienda al libre albedrío de los dedos del escriba de pueblo, que vaya a saber hasta dónde nos llevarán en esta ocasión. Si así le parece, comenzamos el recorrido de esta semana.

Siete días atrás, hablando de bandas narcos, violencia, muertes violentas y consumo de sustancias psicoactivas, le hablé de la idea de vida rápida, esa historia de que es mejor vivir poco pero bien a hacerlo mucho pero aburridos o de forma lenta. Esa idea de la que nunca fui fiel un exponente, ya que siempre he querido vivir lo más que pueda (aunque haya tenido largas noches de furia y rock and roll, en las que todos los referentes de mi juventud podrían parecer bebés de pecho), está muy presente en el mundo de quienes consumen drogas químicas, pero también lo está entre los fanáticos de los “fierros” y de las altas velocidades.

El problema con este tipo de vidas al límite, es que a diferencia de los consumidores de sustancias, que en general se joden a sí mismos, terminan afectando -y también quitando-, la vida de terceras personas, que en la mayoría de los casos, tenían intenciones de continuar transitando lento pero seguro por la vida que les tocaba vivir.

Sabe qué, la velocidad, la urgencia por llegar rápido, el deseo por ser los más veloces, la sobrepoblación vehicular, hacen del tránsito un problema casi indisoluble para este país, que sin embargo, parece que sólo se acuerda de la gravedad del asunto en épocas veraniegas, cuando se presentan los informes anuales y los periodistas andamos desesperados por encontrar algo que decir en nuestros espacios, ya que la larga siesta de enero es un problema para todas las redacciones y los escribas.

Pero sí, el tránsito es la gran pandemia de este rincón del sur americano. En un país demográficamente avejentado, con baja tasa de natalidad y alta emigración (ya no compensada con los inmigrantes que llegan), mueren en promedio -número más, número menos-, 450 personas por año en sus rutas, ciudades y caminos. Un año se puede festejar que hubo 10 muertos menos, pero al siguiente, un par de hechos fortuitos hacen que la cifra se eleve 10, 20 o más y así vamos, año a año, midiendo cómo mueren centenares de uruguayos, que al final no son más que números de la estadística fatídica.

¿Existe una política pública que pueda ser efectiva para evitar tantas muertes y tantos lesionados de por vida a causa de siniestros de tránsito? Me lo he preguntado muchas veces y siempre termino en el escepticismo. En definitiva siento que la única política posible es la formación en edad temprana, pero lleva mucho tiempo (tampoco es garantía de efectividad), y a la corta no suma para las siguientes elecciones (las urgencias políticas que tienen todos los gobiernos), pero también es necesario actuar ahora, para que no se sigan muriendo las juventudes del presente.

Sabe qué, cuando se habla y se discute sobre políticas de seguridad pública, se obvia mencionar a la seguridad en el tránsito como parte del concepto, sin embargo, debería estar abarcada en esa idea tan abstracta que se denomina “seguridad pública”. Todos tenemos derecho a salir de nuestras casas sabiendo que podremos andar tranquilos por las calles (en auto, camión, moto, bicicleta o a pie), y que al final de la jornada -o del mandado, o de lo que sea-, volveremos a abrir la puerta de nuestro hogar. Todos tenemos derecho a eso como parte de la seguridad pública. Si se insiste en esto, con el tiempo, quizás las cosas cambien.

Podrán hacer mil y una campaña publicitaria, mil y un spots televisivos para impactar de todas las formas que usted pueda imaginarse, pero mientras cada uno siga pensando “a mí no me va a pasar nada” como argumento para violar las normas de tránsito (“total, acá es chico y esas cosas no suceden”, dicen en los pueblos), no podrá haber cambio alguno. Pero en una de esas, si empezamos a entender que lo importante es el otro, el daño que le puedo hacer al otro, el derecho del otro a llegar “sano y salvo” a su casa, quizás las cosas puedan cambiar algo. O al final, quizás no cambie nada, no lo sé; sí sé que cómo hoy abordamos todos este asunto, es difícil que algo cambie. En el verano 2024, veremos las cifras del año 23, nos lamentaremos un poco y seguiremos conduciendo como “cupidos motorizados” (¿verdad que está buena la referencia retro?), de última, “a mí no me va a pasar nada”.

Dicho esto, creo que es momento de cambiar de rumbo antes de llegar al final de esta segunda edición elucubradora del año 23, plagada de temáticas veraniegas, como por ejemplo la falta de lluvia.

Veamos: circula una discusión campo-ciudad, de la que no participo en nada. Argumentan desde las ciudades que dejen de lamentarse los del campo por la falta de lluvia, que de última han hecho mucha plata y bueno, si ahora no llueve, en definitiva, que se jodan y esperen que en algún momento va a llover. Esto, es de forma grosera, lo que algunos piensan de la sequía.

Y la verdad es que no es un problema de la gente del campo, la verdad es que la sequía, de maneras disímiles nos abarca a todos y también todos somos un poquito responsables de ella, porque venimos degradando el planeta de generación en generación, creyéndonos dueños y amos de sus recursos naturales.

Por eso a mí no me preocupa que la rentabilidad de la gente del campo esté viéndose afectada por la sequía, a mí me preocupa que los campos y los animales que nos dan “el pan y la leche” no tengan agua, me preocupa que esto ocurra cada vez más seguido y me preocupa que como país, sigamos mirando para el costado, aliviados con la primera agua que cae y olvidados del asunto una vez que llega el frío. Es casi una constante del país, pasada la crisis coyuntural nos olvidamos de los grandes problemas. Sea el tránsito o la sequía.

Sabe, los citadinos -yo soy un bicho de ciudad, aunque sea de una chiquita-, deberíamos empezar a entender que somos de alguna forma, propietarios de esas tierras, que en los papeles y en los hechos tendrán dueños concretos, pero que en el abstracto son parte del legado de la idea de nacionalidad y ahí todos deberíamos de participar en su cuidado. Todos somos dueños de las tierras que nos dan de comer y deberíamos procurar que nos sigan dando de comer.

Tranquilo, tranquila, no pienso expropiarle las tierras a nadie, yo no puedo plantar ni un rabanito, sólo le comento que hay que tener una mirada más amplia para hablar del campo. El problema no son sus propietarios actuales, el problema es que dejen de producir y de eso, todos somos responsables, en el más amplio sentido del término.

Sería irresponsable de mi parte seguir escribiendo y escribiendo, aburriéndole el verano. Mejor dejo por acá y le invito a que vuelva en siete días a esta misma página; en una de esas encontramos mejores temas de los que narrarle. Por lo pronto, le recuerdo que la tierra es para el que la trabaja y ese, no soy yo. Hasta la próxima.

Imagen tomada de la web, ilustrativa.

Por Javier Perdomo.

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