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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 20/07/2021: «Defectos, errores y horrores»

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Ni se le ocurra salirme con que me vaya a vivir a Cuba si por ahí digo algo en defensa de la revolución. Usted sabe muy bien que con el régimen o sin él, sería imposible que este escriba pueda pasar demasiado tiempo entre tantos calores, alegre música y coloridos ropajes, sin que le venga un ataque de melancolía letal por las estufas humeantes y las ropas negras del invierno en el sur. Antes de desearme esas cosas, piense en la salud de este escéptico personaje que se pasa la vida haciéndose preguntas. Así es como comienzan estas elucubraciones julianas, dispuestas al debate que usted le presente, con los argumentos menos verosímiles que pueda esperar. Veamos qué sale de acá en más.

En serio, no le voy a atosigar hablando de Cuba y de si su régimen es bueno o es malo -usted sabe que no me gusta hacer lo que todos hacen-, pero antes de pasar a algo más trascendente le voy a dejar un par de mínimos comentarios, porque en estos días la isla ha aparecido con una virulencia inusitada en la agenda mediática; es que esto de la inmediatez informativa, hace necesario estar creando nuevas tormentas en vasos de agua las 24 horas, para de esa forma mantener a la manada asustada frente al televisor. Como uno no se asusta con facilidad, es mejor decir algo para no aparecer como cómplice del mensaje unidimensional.

Mire, es altamente probable que el régimen cubano esté lleno de defectos, errores y horrores, y que además necesite cambios importantes (como todo en la vida, los cambios son necesarios), pero no acepto la idea de que vivo en un sistema moralmente superior al cubano, como se pretende imponer en la agenda global, porque en este mundo no hay sistemas perfectos y el democrático, representativo y capitalista en el que usted y yo moramos, no tiene menos defectos, errores y horrores que el que impera en la caribeña isla.

Yo no sé de qué magnitud son las manifestaciones que se están produciendo en Cuba, no puedo hacerme una idea cierta como para andar opinando con la liviandad que percibo por ahí, pero lo que tengo claro es que si, como ocurre desde hace 60 años están las águilas del imperio detrás, entonces el problema no es cubano. Por eso es que le digo, dejemos a los cubanos seguir decidiendo su futuro por ellos mismos y ocupémonos de nuestra propia huerta, que bastantes líos tiene, por cierto.

A propósito de intentos de imposición de relatos hegemónicos, como tema central de esta columna elucubradora tenía ganas de referirme a un discurso que se pretende imponer en este tiempo y que tuvo en los últimos días otro capítulo, al difundirse unas nuevas estadísticas sobre criminalidad. Me refiero -se habrá dado cuenta ya-, a la idea de que la seguridad pública ha mejorado desde que asumió el gobierno multicolor.

De verdad le digo, no puedo creer que se pretenda ignorar por completo la pandemia, que se obvie que desde marzo de 2020 la movilidad disminuyó de forma sensible a causa del coronavirus, a la hora de analizar las cifras del delito. Se hace en todas las áreas de la actividad humana; en todo hay un antes y un después de la pandemia. En la economía, en la educación, en las relaciones humanas, en la ciencia, en el deporte y la cultura, ya se divide el tiempo antes y después del coronavirus (AC-DC), entonces ¿Por qué no debería ocurrir lo mismo a la hora de presentar estadísticas de criminalidad?

El sentido común lo dice, hubo mucho menos posibilidades de accionar para la delincuencia durante todo este tiempo. La mayoría de la población estuvo encerrada en sus casas durante meses, circuló menos en las calles, desaparecieron los eventos masivos, las fiestas, eso indefectiblemente hace más difícil el accionar delincuencial; lo saben todos, hasta los propios delincuentes. En el mundo, los informes estadísticos toman en cuenta el factor pandemia, pero por estos lares los pasan por alto, otorgándole todos los lauros al gobierno de turno, sin considerar nada del entorno que se vive. Poco análisis para tan pocos datos empíricos.

Pero hay otro tema con relación al discurso del Ministerio del Interior que me preocupa, le cuento ya que mi mente y mis dedos me fueron trayendo hacia esa sede ministerial, otra vez. Desde la gestión de Jorge Larrañaga se intenta endilgarle a la Policía una cualidad de excelsa ecuanimidad que no hay lógica que la sostenga. Lo hacía el “Guapo” y ahora la continúa el amigo Heber. Transmiten la idea de que la Policía no se equivoca y sabe lo que hace; el ciudadano, según la lógica que pretende instalar el gobierno, debe creer y acatar en todo, sin chistar, porque la Policía no se equivoca.

Pues no, no es así. La Policía está integrada por seres humanos y por supuesto que se  equivocan, como se equivocan todos los seres humanos por más profesionales que sean y más preparados que estén para cualquier tarea. Esa idea de que a la Policía no se la puede contradecir es autoritaria, pero además totalmente errónea, peligrosa en una sociedad libre (hablando de defectos, errores y horrores), porque le quita garantías al ciudadano común, porque la Policía no está exenta de contar con funcionarios deshonestos o de accionar malicioso -varios casos de pública notoriedad ha habido en estos meses-, y sencillamente porque no es democrático.

Todo ciudadano tiene derecho a la protesta, también tiene derecho a dudar del accionar policial, porque la Policía no es una organización perfecta (no existen las organizaciones perfectas, tampoco los sistemas políticos perfectos), y por más que Heber vocifere que “nadie puede dudar de la Policía”, yo le digo que nadie puede dejar de dudar, porque la duda es la madre del avance social. Sí ministro Heber, sí que tenemos derecho a dudar de lo que queramos.

Ya sé, ya sé, me va a venir con que si uno no tiene nada que ocultar, no tiene que tener miedo de la Policía, pero ese no es un argumento consistente (¡cuántos inocentes han marchado en cana!). La historia de la humanidad ha demostrado que si se le otorga excesivo poder a la fuerza pública, siempre se termina en excesos y a eso no se le puede llamar dignificar a la Policía (otra falacia extendida), más bien, significa embrutecerla.

Será tiempo de ir dejando atrás este asunto de la seguridad. Sabe bien usted que es recurrente en las caóticas columnas elucubradoras de este escriba de pueblo que me la agarre con el ministro de turno (no me diga que no le di a Bonomi porque le traigo el archivo para que lo revise). Es que siempre intento aportar una mirada distinta, porque estoy convencido que el discurso imperante es erróneo. El delito no será controlado mientras se siga optando por el garrote puro y duro. Una política de seguridad efectiva, necesita paciencia, tiempo para asentarse y sobre todo, complementariedad con el área social del Estado.

Por supuesto que nada de eso existe hoy, así que deberemos estar hablando mejor de los números, una vez que la pandemia se haya retirado. Por lo pronto el escriba inicia su despedida por esta semana y le dice que le espera en siete días en esta misma página, con más novedades de la actualidad sobre las que no hablar. Hasta entonces.

Por Javier Perdomo.

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