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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 17/08/21 «Popurrí del Ahorro»

5 minutos de lectura

¿Avanza el mes de agosto y la columna elucubradora no le sorprende con nada nuevo? Es que ocurre tan poca digna de destacarse en este presente, que apostar a qué cae primero, si el cabello del Presidente o sus índices de popularidad, parece hasta algo divertido. Bienvenida/o al espacio que no tiene ni un pelo de tonto, aunque tampoco le queda ninguno de vivo, sin embargo, tiene la capacidad de dejarle pensando en la mayoría de sus ediciones. Veremos qué ocurre en esta ocasión, ¿comenzamos?

Sabe, quería llamarle la atención sobre un hecho que quedó bien claro con todo esto de la movida que hicieron los de “Un Solo Uruguay” en la intersección de las rutas 1 y 3 (si bien hace siete días le dije alguna cosa sobre lo que pensaba del USU, podría seguir, porque hay mucho para agregar, pero prefiero no hacerlo para no aburrirle); puede que no sea nada importante para usted, pero como en las elucubraciones nos ocupamos de lo que no le interesa a los otros, paso a comentársela.

Con esto de los discursos únicos que se difunden por los medios masivos, es frecuente encontrarse con algún comentarista político preocupado por la existencia de muchos dirigentes sindicales que terminan siendo legisladores (ni le digo cuando se preocupaban porque tenían cargos de responsabilidad en el Estado), sin dejar muy claras las razones por las que esto no debería ocurrir, aunque uno intuye que debe haber diversos algunos prejuicios de clase que juegan su papel.

Sin embargo -y es aquí donde quería llegar en esta oportunidad-, nadie parece cuestionar ni preocuparse porque el USU tenga por lo menos un Senador que es su vocero parlamentario. El senador nacionalista Sebastián Da Silva, es la voz de este grupo de presión en el Parlamento y actúa en concordancia -y en connivencia-, con el movimiento en todos los temas de la realidad nacional y es algo que quedó más que en evidencia en el transcurso de las salidas públicas que realizó estos días, con motivo de la citada movilización. Escuchar a da Silva y a los líderes del movimiento ruralista, es escuchar el mismo discurso.

Tranquila/o, tranquila/o, yo no lo cuestiono -pero sí lo identifico-, que tipos como da Silva lleguen al Parlamento es parte de las reglas del juego democrático. Los distintos grupos sociales, de poder o de opinión, intentan que sus voces se vean representadas en los parlamentos de todos los países (también podríamos hablar de la bancadas evangélicas). Pero si el USU tiene derecho a tener “sus” legisladores, no cuestione que el movimiento sindical promueva a sus mejores cuadros como sus representantes en el Parlamento. ¿Si los grandes “hacendados” pueden tener legisladores que respondan a sus intereses, por qué los trabajadores no podrían?

Tomo rumbo pronto hacia otras esferas, pues me he prometido no profundizar en casi nada y sólo dejarle trazos del presente para que usted se haga la composición total, en definitiva, cada uno ve la película que más le gusta y en el momento que más le agrada.

Ahora sí, estamos todos locos de la vida, felices porque podemos bailar en las fiestas… Bueno, tiene razón, que yo no soy muy fiestero, pero a los efectos de estas líneas eso no tiene mayor relevancia. Sólo me interesaba poner atención en este hecho: hace apenas un mes y medio atrás hablábamos de más de 50 uruguayos muertos por día y ahora están todos ansiosos por salir de parranda el 24 de agosto como si nada hubiera ocurrido. No me vaya a malinterpretar, no aspiro a un eterno luto nacional, sólo que no me acostumbro a estas transiciones rápidas que se están dando ahora. Será que uno está acostumbrado a tomarse con tranquilidad cada uno de los cambios operados en su vida, que pasar del pánico a la fiesta en dos patadas, no me termina de cerrar.

Hay como una tendencia a hacer como que no pasó nada, que bueno, que la muerte de 6000 uruguayos en unos pocos meses es una pena, pero “ta”, ya está (como ahora mueren un par de personas por día es soportable), ahora que pasó lo peor hay que bailar el 24 de agosto y olvidarse de todo. Como si las consecuencias del coronavirus desaparecieran de nuestras vidas como por arte de magia. Disculpe que yo siga siendo tan aguafiestas, pero la crisis post pandémica -desde el punto de vista psicológico, del social y del económico-, recién comenzó.

Por supuesto que me detengo acá. Le dije que mi idea no era darle extensos discursos ni profundizar demasiado en ninguna temática. Tan solo busco sobrevolar el presente como desde un drone, apenas deteniéndome por instantes en las intersecciones del camino que puedan interesarme.

Sabe, en este tiempo de fantasía diabólica en que estamos inmersos desde que apareció la pandemia en adelante (que coincidió con el cambio de gobierno en Uruguay), me cuesta entender que haya gente que esté focalizada en fijarse ahorrar dinero con la cantidad de comida que se le da a los niños en las escuelas. Es como que las jerarquías multicolores tienen tan incorporada la idea de ahorro, que están viendo hasta lo más mínimo para ver qué pueden recortar; pareciera que se pelean por demostrarle quién ahorra más a nuestro futuro “pelado” Presidente.

Claro, después te la justifican con que hay que dosificar las raciones para evitar la obesidad de los niños obesos, pero en tiempos de familias viviendo al borde del hambre, hablar de obesidad en las escuelas podría ser obsceno. Tan obsceno es como querer eliminar el subsidio del gas argumentando que hay gente que lo usa para calefaccionar piscinas. Pero “m’ijo”, vaya, detecte a quienes supuestamente hacen eso y cóbreles más, pero no deje de subsidiar a cientos de miles de uruguayos que usan el gas para cocinar y calefaccionarse, mucho de los cuales juntan las monedita por monedita para comprarse una garrafa de tres kilos para hacer de comer o calentarse un poco en las frías noches invernales.

Vuelvo a la comida en las escuelas. ¿Sabe qué es lo peor? Que todos pagamos un impuesto para que los niños coman bien en las escuelas, que ese dinero debe tener ese único destino y que tanto interés en achicar los gastos en la alimentación escolar, sin dudas que tiene como objetivo distraer parte de esos fondos para otras cosas, vaya a saber cuáles serán. Es más preferiría ni enterarme, lo cierto es que en lugar de restringir la comida a los niños deberían aumentarla. Y si están bien alimentados, con las dosis correctas y balanceadas, la obesidad no tiene que ser un problema, mucho menos una excusa para no alimentarlos.

Culmino por acá, las elucubraciones tienen esa singularidad, te dejan con el pensamiento activo, aunque el espíritu de uno esté pasivo. En siete días la agenda nos habrá dado nuevas razones para estar intentando desentrañar estos tiempos, sin ahorrarnos ningún concepto, derrochando palabras, combatiendo los discursos de los reyes del ahorro, con la pelambre en su lugar. Hasta entonces.

Por Javier Perdomo.

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