Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 16/08/2022: «Apurados por juzgar»

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Qué agradables y a su vez cortas, son las soleadas tardes de agosto. Cuando uno empieza a templar el alma y el cuerpo bajo su cobijo, regresa el frío de la “tardecita” y hay que correr bajo las “cubijas”. Le dan la razón esas tardes, a aquellos que dicen que lo bueno dura poco, aunque para el caso de las elucubraciones, que pueden no ser tan buenas ni tan cortas como usted desearía, no hay forma de medirlas, porque en cada nueva edición se encargan de ratificar aquello de así como le digo una cosa le digo la otra, porque en definitiva qué es una vida sino una contradicción andante. Así es cómo se los recibe en esta columna semanal, si le parece, comenzamos.

Mire, todo este palabrerío inicial viene a cuento de que me costó comenzar a escribir la columna correspondiente a esta edición; no sabía qué decirle. Es que para uno es tan obvio que las cosas no están bien que, de verdad, me parece casi inútil insistir en largos desarrollos sobre mis sentires respecto a este presente y eso frustra también a las musas inspiradoras que colaboran con que esta columna se concrete sobre el papel.

Sabe, en mi vida cotidiana, he montado algo así como una gran muralla a mí alrededor, para no sentirme invadido por un presente que cada vez me gusta menos. Ese muro está compuesto de músicas, películas y lecturas que a uno lo han acompañado en el viaje de la vida y le confieso que a veces no quiero salir de allí y me da por pensar que si no fuera porque mi trabajo me lo demanda, es probable que supiera menos de lo que sé, sobre lo que dicen que está pasando.

Claro, como a usted quizás le esté ocurriendo también, me saturó este mundo de exceso de información; un tiempo con novedades sorprendentes a cada segundo, con “bombas informativas” que desaparecen al otro día, con “impactantes denuncias” a cada minuto, con la “noticia del año” a la vuelta de cada esquina. Uno no termina de entender algo y ya le están anunciando el nuevo “espectáculo” noticioso.

Pero además, de todos sabemos todo (bueno, eso creen los que se “informan” por las publicaciones en redes sociales), y de todos los temas, tenemos una opinión formada al instante; rápido, respondemos a los impulsos que nos imponen en los nuevos medios; rápido, nos olvidamos de lo que pasó ayer y rápido esperamos que llegue lo nuevo a nuestras vidas, porque la vida es cada vez más rápida y menos fácil de vivir, por más que en las tandas de la tevé nos digan que todo es más fácil.

Pero bueno, en algo debo de centrar mis dichos cuando escribo un texto como éste, es necesario seguir una línea argumental concreta para no transformarme en uno más de esos “escribidores” que tiran bolazos a cada rato y que siempre están apurados por encontrar la novedad que viene.

Como usted se habrá dado cuenta ya, poco destaque le dio este medio al incidente ocurrido en un coche de la empresa Cotmi con un pasajero que fue retirado a la fuerza, hecho que fue grabado por otra pasajera y difundido por una red social. No fue un olvido, no fue una distracción, fue a conciencia que no se abordó. Incluso, a conciencia también, dejé pasar una semana más, para abordarlo en este espacio.

No tengo dudas que el hecho ocurrió, tranquila, tranquilo, el video difundido por la pasajera es claro al respecto, pero desde la primera vez que lo vi -aún sin tener idea de las repercusiones que tendría después-, me pareció que faltaba una parte de la película, que faltaba saber qué había ocurrido previamente, como para que una Policía y el conductor, decidieran sacar a la fuerza a una persona del bus.

¿Qué hizo este joven como para que el ómnibus detuviera su marcha y el conductor, seguramente, primero fuera a hablarle y después terminara decidiendo sacarlo de los fundillos del ómnibus? Hay quienes me dicen que no debe importar lo que haya hecho, que a nadie se lo puede tratar así y eso puede ser muy cierto, pero también es cierto que en situaciones límites, la racionalización de las respuestas no existe y por ello cada acción genera una reacción.

Si debe ser investigado el hecho, me pregunta. Sí, obvio que sí, hay que profundizar e intentar determinar la forma en que se produjo el insuceso, porque claro, si yo me quedo con los segundos del videíto, seguramente querré colgar al conductor y a toda la policía, pero le insisto, si quiere, como habitual usuario del sistema público de transporte que soy: para que el conductor haya parado el ómnibus y para que haya ido al asiento del pasajero a hablar con él, es claro que la paciencia estaba colmada.

Las circunstancias personales del pasajero expulsado, el siniestro que sufrió (ocurrido varias horas después y a 20 kilómetros del lugar en que fue bajado), y todo lo que se conoció con el paso de los días sobre la situación psíquica del muchacho, nadie lo podía manejar en el momento en que ocurrieron los hechos.

Claro, con el diario del lunes, todos somos Freud, Lacan y Rolón juntos -para nombrar a alguien contemporáneo, que además estuvo hace poco en San José-, y sabemos todo de cómo lidiar con una persona en ese estado. Todos damos consejos, todos tenemos maestrías en cómo lidiar con crisis en unidades del transporte colectivo.

Lo que le quiero decir con todo esto -y tomo el caso del ómnibus  como ejemplo-, es que hay mucha ansiedad por juzgar. Nadie contextualiza nada, ante un mínimo estímulo se desata una andanada de improperios, insultos, agresiones y condenas públicas, que pueden llegar a destrozar la vida del destinatario de tal campaña de desprestigio, sobre todo si es alguien no acostumbrado/a a la exposición pública, como sí lo pueden estar los políticos, los deportistas, los artistas y hasta los periodistas (cada tanto a este escriba le apedrean el rancho y usted lo sabe bien, pero uno se la aguanta tranquilo porque, con errores y aciertos, sabe que está cumpliendo con su papel en la sociedad).

Para cerrar con este asunto, lo que le quiero transmitir es que creo que hay que tener un poquito de cordura, que no hay que ser parte de hordas salvajes que condenan con ligereza, porque eso nos animaliza, nos vuelve cada vez más primarios, cuando se supone que deberíamos estar evolucionando como especie. No podemos actuar siempre por estímulos, debe haber un poco de racionalidad en nuestro accionar.

¿Dice usted que pido demasiado? Puede ser. En un tiempo en que casi no se lee, en que se escribe con emoticones y en el que los significantes están asociados a imágenes, es difícil pedir que la razón dirija el accionar de las personas. Mientras un videíto de cinco segundos (cualquiera), sea más efectivo que todo lo que pueda escribirse, se vuelve imposible pensar en una sociedad orientada hacia la racionalidad.

Disculpe si no he colmado sus expectativas en esta edición elucubradora. Disculpe si me encuentra excesivamente escéptico (ah, ¿usted no se había dado cuenta que lo soy?), pero no quería reiterarme -edición tras edición-, con temas que están en la agenda política. La realidad me aburre y por ello derivé hacia este asunto, que en el diálogo mano a mano, ya me generó rechazos, supongo que estampados acá, los generará aún más.

De esta forma le voy diciendo que llegó el momento del cierre. Pese a que el rumbo no estaba claro, finalmente esta edición elucubradora también tuvo su final, que puede ser el inicio de muchas otras historias. En siete días, aterrizamos otra vez en la página 4 de su periódico para seguir diciendo, sin importar a quien molestemos.

 

Por Javier Perdomo.

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