Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 12/07/2022: «Violenta pantalla plana»

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En la columna elucubradora no nos fiamos de los divos de la tevé y tampoco hay tevé en la que mirarlos; acá las pantallas se utilizan para que el editor de esta página escriba barbaridades y usted se enoje con él, aunque al final siempre termine volviendo, por lo menos para ver lo que dice. En julio hace frío, pero en los sets televisivos no se siente. Es todo culpa de los micro climas que crean los aires acondicionados, sólo conocen el frío o el calor. En las elucubraciones matizamos los ambientes, así que si le parece, vamos arrancando, con o sin pantalla plana.

Creo que le he contado en ocasiones anteriores que en mi humilde morada no hay aparato de televisión. Eso ocurre hace más de 20 años, cuando el desarrollo de las tecnologías de la información aún era incipiente y no existían las posibilidades técnicas del presente (es fácil decir no tengo televisor cuando hay decenas de distintas plataformas para ver contenidos), así que entenderá que poco conozco de la farándula televisiva nacional como para poder analizarla.

Por eso agradezco la existencia de Zin TV, que me resume en cinco minutos -y de forma crítica y divertida-, las horas de vida que perdería si me dedicara a mirar televisión. A su vez, me permite tener una idea de lo que está pasando por la pantalla chica, porque pese a mi manifiesto desinterés por ella, soy consciente que es un elemento importante en la sociedad contemporánea.

Por este canal de Youtube es que me enteré del enfrentamiento que protagonizaron Julio Ríos y Sergio Puglia durante la transmisión de un programa televisivo muy mirado, ya hace unos días atrás. No, tranquila/o, no tengo intenciones de terciar en ese diferendo mediático, no me voy a poner ni de un lado ni del otro y quizás, esté llegando tarde a hacer comentarios sobre el asunto (vio que el foco de atención cambia rápido en estos tiempos), pero no me quería quedar sin decirle que viendo esa pintoresca escena, uno comprende algunas cosas de este presente que nos toca vivenciar.

La primera -quizás la principal-, es que cuando en la pantalla boba, el intercambio de opiniones se vuelve un show, cuando se sostienen posiciones distintas a partir del grito, el insulto y hasta por qué no, tirándose algún manotazo, no podemos esperar vivir en una sociedad civilizada en la que la violencia no esté cada vez más presente. 

Veamos un poquito de qué vienen estas producciones. El estilo puede variar -tenemos el de Piñeyrúa, el de Victoria Rodríguez o el de los programas deportivos que han adoptado esta forma de comunicar-, pero el formato es el mismo. Se les denomina “talk show” y si mal no recuerdo el primero que hizo uno de estos programas en Uruguay fue el hoy más que cuestionado director de los medios públicos, “Gerardito” Sotelo, en canal 10. Su denominación ya dice un montón de cosas, hablar tiene que ser un espectáculo, no importa lo que se diga, lo importante es que se diga fuerte y se imponga a los demás. 

Por eso es que esos programas están llenos de personajes estrafalarios como el “pibe Bazooka”, Puglia y otros tantos que ni los nombres sé (recuerde que yo solamente los conozco por Zin TV); los que más gritan son los más “exitosos”, en términos televisivos.

Para estos programas, para estos formatos televisivos, lo importante no es el conocimiento que se tenga sobre un tema determinado, sino las argucias utilizadas para hacer caer al otro -al contrincante en el falso debate-, en una trampa o provocar que estalle en un ataque de ira. Lo importante es dejar al telespectador con la sensación de que alguien ganó y ello sólo se logra a partir de imponerse con el grito y no a través de la razón.

No es sólo en un programa que se ve eso, son decenas de programas con el mismo formato (en todo el mundo, claro), porque a la televisión tradicional cada vez le cuesta más mantener públicos cautivos y ha encontrado en estos espectáculos del hablar -en los que la verdad y la ficción se entremezclan-, una forma de competir con las series y los programas internacionales -algunos buenos, otros iguales o peores que los nuestros-, que se pueden ver por cualquier otra plataforma.

Claro, después nos preguntamos por qué hay tanta agresividad en la sociedad, por qué la gente, cada vez más, apela a la violencia lisa y llana cuando para dirimir cualquier diferencia. ¡Cómo no va a haber violencia, si es lo único que se le transmite por la caja boba!

La televisión ha desnaturalizado el debate y el intercambio de ideas. Es más, la televisión ha hecho que vivamos en una sociedad en la no hay debate, solo hay show televisivos. Todos los debates políticos del presente (debe haber algunas excepciones que no recuerde o no conozca, claro está), son transformados en eventos para la tevé; son instancias vacías, huecas, sin esencia, pero eso sí; deben tener una buena dosis de morbo, mucha agresividad y gritos, cuantos más gritos, mejor.

Una madre le pega a una maestra, un adolescente hiere a otro con el filo de una botella rota, a otro lo torturan y le prenden fuego; un tipo se atrinchera armado hasta los dientes y es baleado por la Policía (con transmisión casi online o en vivo y en directo, como le decíamos antes). Asombrados, espantados, nos preguntamos qué le pasa a nuestra sociedad, pero después, llega la noche y nos sentamos frente a la pantalla a ver los gritos y la pelea del día. 

Yo no soy sociólogo, ni psicólogo -mucho menos parapsicólogo-, pero es difícil creer que no haya relación entre la violencia de la televisión y la violencia social. Soy de los piensa que todo tiene que ver con todo y en este caso no tengo dudas que se produce una retroalimentación, es decir que cuanta más violencia hay en la tele, más hay en las calles y cuanta violencia más hay en las calles, la tele la quiere mostrar más y mejor.

Y pensar que toda esta perorata comenzó porque se me ocurrió mencionarle el lío que tuvieron Puglia y Julio Ríos y lo poco productivo para el crecimiento social que son esos programas, solo con el objetivo de evitar hablar del juez Recarey y todo el circo que han montado con la vacunación.

Al final algo de espacio queda así que voy a decirle algo sencillo sobre el asunto. De todo se saca algo positivo y más allá que intuyo que todo fue un montaje, entiendo que es una buena medida pedirle al gobierno que los contratos firmados con las farmacéuticas sean públicos, porque me rechinó bastante cuando se firmaron de forma secreta y porque por deformación profesional entiendo que toda la información debe ser pública y abierta.

La firma de un contrato entre un Estado y una empresa privada -sea farmacéutica o fabricante de caramelos-, no puede ser secreta. Los uruguayos, que somos en definitiva quiénes terminamos pagando las vacunas, tenemos derecho a saber cuánto se pagó, en qué condiciones y qué condiciones puso el vendedor. 

Si los contratos fueron secretos, es porque algo se quiere ocultar. No tiene por qué ser referido a la calidad de las vacunas, pero sí a las condiciones de compra, a las concesiones que debió hacer el Estado uruguayo para conseguirlas, a los que se llevaron la suya en el negocio. Todo eso, yo lo quiero saber, ¿usted no?

Tiempo de cerrar el espacio elucubrador de esta semana de julio. En siete días, es probable que estemos aquí otra vez, hablando de lo que a nadie le interesa, sólo a usted y a mí. Recuerde, apague el televisor, escuche música y lea más, vivirá con menos violencia. Hasta la próxima.

 

Por Javier Perdomo.

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