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Elucubraciones

Elucubraciones semanales, edición 08/09: candidatos, empresarios y buenos vecinos

5 minutos de lectura

Se lo juro que no, no coordinamos con la alcaldesa Laura Colombo para que yo cuestionara la cartelería electoral y ella saliera a quitarla en Ciudad del Plata el mismo día en que el pasquín salía a la calle. Fue pura casualidad, no más, algo que por cierto me alegra mucho, porque han sido tantas las veces que la cuestionamos en la columna elucubradora, que una vez que coincidimos, vale la pena mencionarlo. Es que eso es lo que tiene este espacio, así como te serrucha, te aplaude. Si se anima, en el siguiente párrafo comenzamos esta aventura semanal por la información incorrecta.

Hecha esta trascendente aclaración -y habiendo dicho todo lo que tenía para decir de los cartelitos electoreros-, la intención del escriba de pueblo en esta oportunidad es seguir examinando la campaña electoral departamental, que entre tapaboca y tapaboca va transcurriendo en actos virtuales o teledirigidos, dependiendo del candidato del que se trate.

Ya sin más preámbulos, le cuento que hay una idea que se repite en lo local y en lo departamental -también se viene repitiendo en las últimas instancias nacionales-, con la cual suelo estar diametralmente en desacuerdo. Me refiero a ese lugar común de creer que por ser un “exitoso empresario” una persona ya está capacitada para hacer una gestión “eficiente” en la órbita pública -nacional, departamental, local-, desplazando a los “ineptos políticos que nos han gobernado hasta ahora”. Permítame decirle que eso está lejos de haber sido comprobado científicamente y además ni siquiera es bueno para el sistema democrático.

¿Por qué? Porque son dos mundos opuestos lo público y lo privado en relación a cómo deben gestionarse. Es un profundo error aplicar las lógicas del mercado en la administración pública así como medir los resultados de la acción del Estado como si estuviéramos administrando una empresa. El Estado, por suerte, no es una empresa y jamás se lo puede administrar como tal, porque allí comienza el fracaso de la administración pública.

El Estado debe ser humano, solidario, comprensivo (regulador también), con los ciudadanos de su comarca. Debe priorizar al ser humano, por eso si tiene que renunciar a determinados objetivos en función de paliar las urgencias de sus gobernados, lo hará, aunque termine perdiendo plata con su accionar. La empresa por su lado, prioriza las ganancias, sin importar quién queda en el camino.

Como verá son dos lógicas muy distintas y creer que se puede “transplantar” automáticamente lo que se hace en lo privado a la “cosa pública”, es una ingenuidad y una equivocación que pagan los ciudadanos con malos servicios, con déficits y pérdidas de patrimonio de la nación, a partir de intentos privatizadores como ha habido en el pasado y pretenden retomar en el presente.

En la empresa, el empresario manda y, mientras no viole las leyes vigentes, es dueño de hacer lo que le plazca, pero en el Estado está lejos de ser así y ese será el primer escollo que encontrará el empresario que busque ser gobernante, una tarea para la cual hay que tener mucha capacidad negociadora, saber hasta dónde las normas permiten ir, tener claro que en toda la estructura burocrática de controles estatales, en algún lugar habrá una barrera, saber cómo sortear esas barreras sin violar las normas o rever las acciones para saltarla y continuar con los objetivos trazados.

Y además de todo eso, de luchar contra todo ese intrincado laberinto burocrático que en el papel busca evitar abusos de los jerarcas (no siempre se logra evitarlos), también hay que saber tragarse los insultos de los votantes que se arrepintieron de haberlo votado y de los que nunca lo votaron también. Por eso le digo, en serio, no es tan fácil ser servidor público e imposible es transformar al Estado en una empresa, así que tenga cuidado cuando un empresario le diga que él va a manejar el país, la Intendencia o el Municipio como si fuera una empresa, porque no lo podrá hacer. Son lógicas distintas.

Claro, yo tengo una concepción del servicio público idealista, lo que no quiere decir ciega, y creo todavía en que hay quienes abrazan la política con un sentido altruista y de servicio. Creo que todavía hay quienes defienden ideas por encima de posiciones personales, estoy convencido que no todos los que llegan a la política para tomarla como profesión son corruptos y sé que ser dirigente político exige un grado de dedicación que no todos estamos dispuestos a asumir.

Por lo menos yo no estoy dispuesto a asumirlo. Mire, ya que estamos yendo de un lugar a otro le comento otra cosa, pero sin irnos de todo del tema central. Hay gente que, como me ve interesado profesional y personalmente por los acontecimientos políticos (además de obsesivo consumidor de análisis y literatura histórica), me dice que yo debería ser candidato, lo que por supuesto a mí me hace largar sonoras carcajadas, porque no está en mi bitácora de vuelo.

Primero porque no me interesa el poder de por sí (mi mayor poder es poder expresarme por medio de la escritura y a veces por medio de la oralidad), y segundo, porque puedo conocer mucho como observador político pero no sirvo para hacer política partidaria (¿Usted me imagina en un cartelito callejero, sonriente y optimista?), porque en los partidos hay que obedecer y usted sabe que al escriba no le gusta obedecer.

Uno debe conocer sus propias limitaciones y este escriba conoce bien las suyas, por eso puede estar tranquilo que no tengo esas veleidades (que no quiere decir que uno no tenga otras aspiraciones), sin embargo es cada vez más frecuente que la gente por el solo hecho de ser buena persona pretenda transformarse en un buen “político” y la verdad le digo que hay una distancia enorme entre una cosa y la otra.

Para gobernar hay que tener capacidad, saber lidiar con todo lo que le comenté más arriba, y eso no se logra andando a los abrazos y a los besos en la calle, se logra con conocimiento y formación. Esa confusión es un mal que sobrevuela las instancias departamentales y también las municipales, pero se imaginará usted que no soy quién para solucionarlo.

Después de toda esta perorata usted se estará preguntando quiénes creo que están capacitados para gobernar, ya que ni los empresarios ni las buenas personas me convencen. En realidad es algo que se descubre con el tiempo, pueden ser buenas personas, pueden ser empresarios también, pero deben tener un temple especial y eso es algo que sólo lo determina la experiencia. Tan solo digo que ser empresario no es sinónimo de buen administrador público y que buena persona no significa saber gobernar. Como le dije más arriba, cada uno debe conocer sus limitaciones.

Y mi limitación en este preciso momento es el espacio que obliga a terminar abruptamente una nueva edición elucubradora. En siete días, cada vez más cerca de la elección, seguiremos hablando de los temas que sobrevuelan la campaña. Hasta entonces.

Por Javier Perdomo.

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