Elucubraciones

El hotel, las jubilaciones y los periodistas valientes

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Terminado el mes del aniversario del medio que nos sostiene, noviembre comienza con cambios por todos lados y aroma mundialista. En la columna elucubradora hace tiempo que jugamos varios partidos a la vez y en todos venimos empatando. Igualmente, usted no llega hasta acá para leer sobre las inexistentes dotes futbolísticas de quien escribe estas líneas; seguramente espera que le haga el comentario inoportuno sobre las cuestiones de las que nadie se interesa y en las que sólo un elucubrador de pueblo, con mucho tiempo libre, se detiene. A renglón seguido, empezamos esta primera edición del mes 11.

Usted va a decir que a mí no me conforma nada y es probable que tenga un poco de razón en ello, pero es mi especialidad en la vida andar poniendo foco en lo que no está bien, porque en una de esas, a alguno/a se le da por encontrar una solución. Comprenderá que uno, no puede hacer todo y debe dedicarse a lo que sabe.

Dejando de lado las aclaraciones, entremos en la temática seleccionada. Realmente me sentí sorprendido cuando a principios de la pasada semana, me enteré de la inauguración de una ciudad universitaria que llevaba el nombre de Jorge Larrañaga. “Pah, dónde he estado estos últimos años que en mi país se estaba construyendo una ciudad universitaria y yo no me había dado ni cuenta”, me pregunté, pensando -claro está-, en que se estaba hablando de una importante infraestructura, con todo aquello que uno piensa debe tener una ciudad dedicada a la educación (edificios de facultades, oficinas, residencias estudiantiles y más), aunque ésta sea pequeña.

Fue así que comencé a buscar algún dato más, como corresponde a un profesional de la información que pensó haber quedado en offside, pero me bastó una mirada para suspirar y darme cuenta que no había estado viviendo en un “tupper”. La ciudad universitaria que yo me imaginé, es apenas un viejo hotel en el centro de Montevideo, mejorado para funcionar como pensión para estudiantes del interior, con financiación estatal.

Por supuesto que está muy bien que existan pensiones estudiantiles financiadas por el Estado, quizás deberían existir más de ellas. No está en cuestión lo oportuno que puede ser disponer de residencias para los jóvenes del interior que llegan a Montevideo con intención de estudiar, lo que asusta es la grandilocuencia del término utilizado para denominar algo que no pasa de ser eso, una residencia estudiantil.

Pero no era solo la cuestión del término ciudad lo que me rechinó –más que nada cuando pensaba que era una ciudad universitaria de verdad-, también que la llamaran con el nombre del “Guapo” Larrañaga me causó asombro, hasta incredulidad, le diría. Me pregunté qué tanto hizo Larrañaga como para merecer ese honor y si no habría muchas otras personas más consustanciadas con el quehacer y la historia de la Universidad como para ponerles el nombre.

Claro, después que vi lo que era la ciudad, comprendí que todo era una nueva campaña de relaciones públicas y ahí supe por qué se llama como se llama. Lo mejor de todo es que el contrato con los dueños del hotel alquilado culmina con la finalización del período de gobierno, así que vaya a saber si al que venga después le interesa que se siga recordando al “Guapo” en una pensión estudiantil. Los nomenclátores también cambian con los gobiernos.

Hablando de cambios –varío de tema abruptamente-, el proyecto de reforma del sistema jubilatorio del gobierno entró en el Parlamento y el movimiento social parece tomar la delantera en su rechazo, ante una actitud inicialmente dubitativa de la oposición política que, aceptando las presiones de la “colisión” gobernante, analizó respaldar algunos aspectos del proyecto e intentar modificar otros, como estrategia de cara a la discusión parlamentaria que ya comienza. Finalmente, el lunes optó por un rechazo total al proyecto del gobierno.

Es que hay muchas razones para oponerse. Como ya fue mencionado acá, además de la discusión por el aumento de la edad de retiro, punto sobre el que se centra la mayor parte del debate público, a mí me preocupa y mucho, la profundización del sistema privado de pensiones que trae consigo el proyecto, con el cual el régimen solidario e intergeneracional que ha caracterizado al sistema en Uruguay será llevado a la mínima expresión (para sostener a aquellos con los que la vida ha sido demasiado injusta), y todo quedará en las buenas o malas posibilidades que se tenga para aportar a la AFAP.

Sabe qué, lo mejor de todo es que esta reforma va a tener que ser revisada dentro de otros 20 años (problemas para los que gobiernen entonces, me dirá usted), porque no ataca la base del problema. Si la variable principal de financiamiento de la previsión  social sigue siendo el aporte de las personas y no se hace aportar al gran capital (esos miles de millones de dólares de uruguayos, que dicen que andan en el exterior), continuarán los uruguayos de dentro de 50 años, teniendo los mismos problemas que ahora –o mayores-, y les seguirán aumentando la edad de retiro (¡los van a hacer trabajar hasta los 80 años, diciéndoles que aumentó la expectativa de vida!).

Pero como cierre de este asunto le comento: el país de América Latina que bajo ningún concepto puede pensar en sostener dos días de una guerra ni con una provincia argentina –sí, me refiero a Uruguay-, tiene desde inicios de este siglo el gasto militar per cápita más alto del continente (según un instituto sueco que trabaja por la paz), y a eso hay que agregarle que tenemos un núcleo de ciudadanos privilegiados, que al resto de la sociedad le cuesta 500 millones de dólares al año, mantenerles su retiro temprano.

Eso no se toca, eso no se dice, dice Serrat, pero yo le digo, que si alguien quiere de verdad cambiar las estructuras de esta sociedad, tiene que empezar a cambiar estas cosas y no vivir emparchando, tirándole el problema a los que vendrán luego.

Dicho esto, dejo un par de párrafos finales para dedicárselos a la victoria de Lula en Brasil. Entre las muchas cosas que leí sobre la jornada electoral, encontré una nota que hablaba del descontrol -en el mejor de los sentidos-, que se generó al momento de anunciarse el triunfo de las fuerzas democráticas de Brasil en la sede del comando de Lula. Un descontrol que ganó también a los periodistas destacados en el lugar, que abandonaron las formas y festejaron junto a la dirigencia del frente democrático que buscaba derrotar al fascismo.

Es que eso fue Bolsonaro en sus cuatro años de gobierno (digamos seis, desde la destitución de Dilma), representó la muerte, el odio, la persecución, el acoso y los periodistas siempre estuvieron entre sus primeras víctimas.

Ahora que pienso, quizás sea bueno recordar a los periodistas de The Intercept, que con valentía fueron quienes desmontaron la trama que llevó al ahora Presidente electo a la cárcel, difundiendo los mensajes por Telegram (dicen que es la mensajería más segura), que se intercambiaba el juez Moro con los fiscales del caso Lava Jato. Gleen Greenwald, se llama el periodista principal de esa publicación y es parte de este “triunfo de la democracia”, digo, uniéndome a las frases hechas, espero que por única vez.

Así terminamos hoy, recordando que si hay periodistas libres, entonces la oscuridad no prevalecerá. En siete días, nosotros volvemos a estar aquí, haciendo la insignificancia de nuestro trabajo, soñando con grandes maizales, para llegar al menos a tener unos granos de maíz. Será hasta la próxima.

 

Por Javier Perdomo.

*Imagen: Glen Greenwald de The Intercept Brasil.

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