Teresita Pérez, un canto de humildad

En la variedad, está el buen gusto como versa el refranero popular. Y entre las personas, los matices se dan a partir de lo que cada uno da a la sociedad y a sí misma.  Personas con sueños, con deseos, personas que transitan sus vidas por infinidad de caminos, algunas que durante muchos años, han mantenido una trayectoria serena pero constante, marcada por una tarea y en ella, sin grandes protagonismos, han trazado sus caminos, con la paz que da hacer lo que gusta y disfrutarlo.  

DEDICACIÓN |Desde hace muchos años, una imagen femenina, que para muchos puede pasar desapercibida, recorre las calles y la plaza de la ciudad con una tarea, dar de sí lo que sabe y en esa paz, se mueve como agradeciendo los años vividos.

En ocasiones, una guitarra la acompaña, y con ese mismo cariño con el que la traslada, se dirige a dar lo que la motiva desde hace décadas.

Con aire de humildad de otros tiempos y un caminar decidido y feliz, ha visto transcurrir generaciones y generaciones, desde un pueblo devenido en ciudad.

Mucho de lo que vieron sus ojos durante tantos años, nada tenga que ver con lo que observan hoy, de todas formas, su andar y su tarea, continúa siendo igual que cuando comenzó. Con una cálida imagen, y una vida entre la religión y el canto, Teresita Pérez, es la misma de ayer y continúa regalando su devoción religiosa, su voz y los acordes de su guitarra.

Esta mujer, que demuestra que en la paz y serenidad, en una vida tolerante, pausada, en la que el respeto y amabilidad están bien marcados, puede hacer la diferencia entre vivir una vida feliz y con sentido o solamente, ir tras metas y aplausos que nos dejan cada vez más vacíos. 

La mujer de esta entrevista tiene su pasión, que entreteje entre su canto y una poderosa fe en Dios, que según entiende, es lo que le da fuerza y ganas de vivir. Teresita Pérez camina cada día, recorre la ciudad en busca de entregar lo que sabe hacer, y con lo cual, disfruta. 

Su vitalidad se nutre de dar de sí, lo que otros necesitan para sentir que la vida vale la pena.

Además de concurrir a misa, recorre residencias de adultos mayores en los que una palabra, un abrazo y en su caso, una canción, es suficiente para que muchos abuelos pasen un momento de alegría, contagiados con su música.

Y en ese ida y vuelta, la energía se expande y deja resultados tan positivos como sanadores para los involucrados. Para Teresita, el dar, forma parte de su identidad pero lo más destacable, es la humildad y el amor que pone en lo que hace, desinteresadamente, o quizá no tanto, quizá su mayor interés sea hacer feliz a otros, entregando su tiempo y aquellos cantos que aprendió de joven.  

HISTORIA| Teresita vivió sus primeros años en el campo, junto a su familia, en la ruta 45, luego vinieron a vivir a Libertad, hace ya muchos años. 

Su acercamiento al canto, fue hace más de 60 años y comenzó casi sin planearlo. Como ella dice, fue de casualidad, comenzó a concurrir a la Iglesia y ahí encontraron en ella su gusto por el canto y desde ese momento, comenzó su larga trayectoria que llega al presente.

Cuenta Teresita, “empecé a ir a misa y el padre Palermo y las hermanas religiosas que en ese momento estaban en el Colegio, eran las que tenían a su cargo el coro de la iglesia, y ahí me invitaron a unirme”.

Recuerda que en ese primer coro estaba la hermana Clara, Adriana Navarro y su hermana, y las hijas de Florentino González, entre otras. Ese coro se dedicaba a cantar en todas las celebraciones, en las misas de todo el año, en Navidad y en todos los eventos destacados de la parroquia. Teresita, era la encargada de cantar en los casamientos, junto a Marta Núñez que tocaba el órgano.

Esa tarea la desarrolló durante varias décadas, no recuerda bien, pero que cree que fueron cerca de 30 años.

Luego contó que esa fue una época muy linda y movida ya que había muchas ceremonias en las que cantar. “Fue un tiempo en los que habían muchos casamientos, a veces habían hasta tres o cinco casamientos en una sola noche, algunos eran los jueves, viernes o sábados o los tres días en la misma semana. En esa época todo el mundo se casaba por la iglesia”, cuenta.

Tal vez muchos de los que tienen algunos años, recuerden que era algo habitual ir a los casamientos y sentir su voz como fondo musical. Cuenta que nunca cobró por cantar en misas y otras instancias, aclarando que en lo único que sí recibía dinero era por su trabajo en los casamientos.

Ese tiempo pasó, hace ya muchos años que dejó de hacerlo, no así en otras ceremonias como las misas.  

Teresita que empezó desde muy joven a cantar en la iglesia. Su participación tanto en el coro primero o como solista después y hasta la actualidad, lo realizó de forma ininterrumpida, nunca paró de cantar y hoy se da cuenta que su vida estuvo marcada por Dios y la música.

“Yo empecé con 22 años y no dejé más de cantar en la iglesia, al principio no era algo que me gustara demasiado pero me lo pidió el padre Palermo y con el tiempo me comenzó a gustar y así seguí hasta hoy”, cuenta.

Durante su larga trayectoria, vio pasar a muchos sacerdotes, entre los que recuerda están el que la impulsó a cantar, el padre Palermo, después Bordoli, Clavijo, Amorín, Mingo, Antonio y otros que no recuerda.

Esta actividad la mantiene activa, feliz disfrutando de aquello que comenzó en su juventud.

SU TAREA | Desde hace varios años recorre los hogares de adultos mayores, va a nueve hogares todos los miércoles, pero no va sola, la acompañan Marta Núñez, Carla Borgogno, Teresita Páez, “Telcha” Montelongo y Delia Lapelle.

La cruzada consiste en visitar todos los miércoles por la tarde a los residenciales, dos por miércoles, cantando todo tipo de canciones, sobre todo, tangos, valses y rancheras.

Más allá del canto, lo verdaderamente importante es acompañar a los mayores y ofrecerles un momento de alegría, llevando música pero también juegos, entretenimientos que los hagan sentir bien, acompañados, queridos.

Quizás, la tarea de Teresita y sus compañeras sea para muchos abuelos, una de las pocas actividades lúdicas que realicen o compartan y tal vez también por ello, su pasión, forma parte de ese dar que, recíprocamente, se transforma en una satisfacción compartida.

En estos momentos donde todo tiene un precio, donde nadie se detiene a ver esas tareas anónimas, hechas con modestia y sencillez, aspectos que siempre la caracterizaron, ilustrar su vida, es un acto de agradecimiento a su labor.

La guitarra fue su gran compañera desde que era niña, allá en el campo, junto a sus 10 hermanos; la tocaba improvisando y poco a poco fue aprendiendo sola, de oído a interpretar diferentes ritmos.

Nunca fue a estudiar guitarra ni canto, fue siempre una autodidacta que la vida la llevó a convertirse en músico. En ese devenir, logró acompañar muchas ceremonias, logrando sacar ritmos, acordes y sola aprendió a encontrar los tonos que pudieran acompañar su voz.

Otras de sus actividades fue organizar pesebres con niños, preparándolos para representar los pesebres vivientes en varios lugares y durante varios años.  

Fue además catequista en el Colegio Hijas Hermanas de la Cruz  durante casi 50 años, también lo hizo en Kiyú y en Santa Paula, donde transmitía su profunda fe católica.  

Su música y su canto, van unidos principalmente a su gran amor a Dios, inculcado principalmente por su madre que era muy católica, es más, lo primero en su vida fue su devoción religiosa, lo que la llevó a asistir a la iglesia desde donde surge casi inmediatamente, el pedido para su incorporación al coro de las hermanas religiosas.  

Hablando acerca del mundo actual y sus conflictos, cree Teresita que mucho de lo que pasa hoy en la sociedad es la falta de fe en Dios, y el haber dejado de creer, de rezar y de ir a misa. “Nosotros somos muy sencillos, la Navidad la paso con mis hermanas, vamos a misa, hacemos una comida distinta de otros días y pasamos tranquilas”, cuenta.

En un mundo que se muestra todo y se exalta cada acción, donde pocas tareas se hacen de forma honoraria, ni siquiera en actos puntuales, menos durante más de 60 años, lo de Teresita es un ejemplo de austeridad y solidaridad pero también de entrega, constancia y profundo amor hacia los demás.

Por Yudith Píriz.