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08.06.2017 | Sociedad | 152 lecturas




El costo de una nueva planta

El costo de una nueva planta
Para quién es el negocio grande?

Jorge Riechmann (1) escribió un ensayo que tituló “El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo”.

En abril de 2013, en la localidad de Smithers (Columbia Británica), un alce famélico y gravemente infestado de garrapatas se adentró en la sección de plantas y flores de un supermercado, probablemente buscando con desesperación algo para comer. Lo abatieron de un disparo en la cabeza, maten al mensajero diría un viejo conocido de cuyo nombre no quiero acordarme.

Los países desarrollados encontraron, en el “Consenso de Washington” en 1980, tras la caída de los modelos socialistas, un esquema genial para superar los efectos devastadores que su desarrollo significó sobre sus suelos, ríos y sistemas ambientales: trasladar aquellos mismos sistemas a las naciones pobres para obtener de ellas los recursos naturales que ellos ya estaban agotando, los avances tecnológicos no hicieron más que “mejorar” aquellos sistemas, los procesos extractivos se aceleraron, el rendimiento de las cadenas productivas se incrementó, los medios de transporte y las comunicaciones redujeron tiempos y distancias y la riqueza del planeta fue progresivamente acumulándose en cada vez menos países y dentro de ellos en cada vez menos bolsillos.

Los países pobres siempre necesitaron y probablemente siempre necesitarán de capitales foráneos para afrontar las necesidades elementales de sus poblaciones, el capital manda e impone condiciones que los pobres han aceptado aún a sabiendas de estar recibiendo por inoculación una infección letal e indefinida de dependencia y un futuro de depredación medioambiental sin soluciones de fondo para sus estructuras de producción y por tanto tampoco para sus constantes y crecientes demandas sociales.

RESPONSABILIDADES Dicho lo anterior a modo de divague geopolítico, sirva el mismo para entrar a considerar nuestra realidad ante un nuevo 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, enfrentados aún al eterno dilema – algunos no terminan de resolverlo – de saber si realmente somos dueños de los recursos que a diario utilizamos y con qué responsabilidad debemos seguir utilizándolos si pensamos por un momento en las futuras generaciones que estamos sembrando sobre un planeta al que agredimos constantemente.

Entre dualismos varios e innumerables dudas, de algo podemos estar seguros: defender el medioambiente de hoy significa un deber ético de justicia, igualdad y equidad entre los que estamos hoy y los que estarán mañana, es tan sólo uno de los asuntos problemáticos y contradictorios que el actual modelo de desarrollo nos plantea, y al mismo tiempo uno de los principios de viabilidad y sostenibilidad de la civilización a los que el sistema capitalista nos enfrenta.

Seguramente los jeques del capitalismo y los funcionarios gubernamentales de acá y de allá recurrirán al siempre fácil argumento con el que suelen eludir la discusión ambiental seria y profunda, transformadora del sistema actual, y apelen a silogismos categóricos y simplistas en los que el salario, la calidad de vida, el PBI y el desarrollo de políticas públicas dependen inexorablemente del  la inversión privada, de  la extracción de los recursos naturales, del aumento de la productividad, de la necesidad de crecimiento económico aparentemente indefinida.

Los ricos seguirán diciendo que es la única manera de que su riqueza aumente lo suficiente como para caer desbordada hasta las manos ávidas de los más pobres, aquello de esperar a que la torta crezca lo suficiente (lo recuerdan verdad?) para que una cascada de felicidad nos inunde a todos algún día, tal vez cuando ya no podamos con esas monedas comprar ni una botella de agua potable.

Plantearnos como sociedad una discusión seria y con el objeto de generar alternativas, implica como premisa previa eludir los discursos justificativos que invalidan o menosprecian cualquier alternativa, dejar por un rato  las posiciones dogmáticas que rápidamente logran poner en la vereda de enfrente a aquellos que, incluso sin oponerse al modelo, sí se manifiestan críticos al mismo.

PANACEA El Uruguay de hoy parece tener su suerte futura pendiente exclusivamente de la instalación de una tercera planta de celulosa de origen finlandés, para ello el gobierno se ha comprometido a construir una infraestructura vial que facilite la entrada de la materia pura en verde a algún sitio de Tacuarembó sobre el Río Negro y la rápida llegada al Puerto de Montevideo del producto final con destino a Finlandia, donde se transformará en papel que luego compraremos a los finlandeses dueños de la planta a cuya disposición estará la infraestructura que nos costará mil millones de dólares.

Un negocio redondo, pero no me maten, soy tan pobre mensajero como el alce que invadió el supermercado buscando el alimento que ya no encontraba en el bosque.

“Ah pero los finlandeses van a invertir 4000 millones de dólares” nos podrán decir, tiempo al tiempo, una planta similar cuesta en Finlandia 1500 millones, es dudoso que estén dispuestos a desembolsar 2500 millones más tan lejos de su casa, bueno, se podrá argumentar, “pero nosotros tenemos condiciones óptimas para el cultivo del eucaliptus que ellos allá no tienen”, y si nosotros tenemos las condiciones óptimas que ellos necesitan, ¿por qué tenemos que darles una infraestructura que nos cuesta 1000 millones y además hacernos cargo de su mantenimiento eterno?, si los camiones cargados de madera destruyen las carreteras en cuatro años, pero además de esos 1000 millones, ¿cuánto le hemos asegurado de exoneraciones fiscales?.

Claro, el discurso simplista seguirá diciendo que se van a ocupar 5000 puestos de trabajo – algunos hablan de 8000 - sin detallar que eso podría ser durante el proceso de construcción de la planta y que luego, en forma permanente, los finlandeses se manejarán con unos doscientos operarios, (basta ver el índice de desempleo de Río Negro, entre los tres más altos del país, con todo y su mega planta de celulosa en pleno funcionamiento), a los que habrá que brindarles casa y servicios que también pagaremos los uruguayos y uruguayas tan ajenos a las enormes utilidades (unos 18000 millones hasta 2016) que el negocio de la celulosa hará volar a Finlandia, Uruguay For Export!!! gritaría el flaco Zitarrosa revolviéndose de rabia en algún sitio lejano.

RIESGOS Lo anterior ni siquiera considera los efectos ambientales y sociales que una nueva planta va a significar, hace unos días la ministra de Medio Ambiente ha dicho que el índice de contaminación del Río Negro es muy preocupante, ¿hasta dónde trepará la contaminación? con los casi doscientos mil metros cúbicos de agua que la planta retornará al río cada día con sus desechos de arsénico, cadmio, cobre, mercurio, níquel, plomo, zinc, sustancias muy tóxicas -dioxinas, furanos, fenoles-, materiales particulados, compuestos clorados orgánicamente ligados (AOX), compuestos de azufre, agentes microbiológicos, etc. 

El monocultivo forestal, como ocurre también con la soja, desplaza en su expansión a las pequeñas unidades productivas de la agricultura convencional, los productos naturales que cuentan con una demanda creciente en los principales mercados mundiales, ceden terreno a las necesidades de las plantas de celulosa, miles de familias rurales abandonan sus explotaciones, huérfanas de programas de apoyo terminan integrándose, con salarios subvaluados a las plantillas laborales de las empresas, limitadas en el tiempo en función de su especialización, generalmente mínima o nula.

Los suelos afectados serán en veinte años áridos esteros infértiles y se buscarán otras zonas para reubicar al eucaliptus “dorado”, pero eso parece no tener importancia en el afán momentáneo de mejorar las tasas de inversión y crecimiento económico que sepulta, lenta e inexorablemente, el sello orgulloso de “Uruguay Natural”, la sociedad civil no participa en la toma de decisiones, sólo algunos sectores organizados plantean sus advertencias al oído sordo de las autoridades.

Es necesario construir un espacio y una agenda de discusión, articulando y promoviendo el diálogo intersocial entre los más diversos actores: los movimientos sociales, el mundo académico y la clase política. En este momento, la primera necesidad es abrir la discusión en la búsqueda de políticas de Estado, difíciles, engorrosas, muchos dirán que imposibles por la multiplicidad y complejidad de los intereses que se contraponen y uno escucha a lo lejos la voz de Artigas, “no venderé el rico patrimonio de los orientales, al bajo precio de la necesidad”.

1) Jorge Riechmann (profesor titular de filosofía moral en la UAM) escribe poemas y ensayos. Dirigió el Observatorio de la Sostenibilidad en España en su fase de constitución (2004-2005), y trató de desarrollar algo así como un ecologismo obrero desde la Fundación 1º de Mayo y el Instituto de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) entre 1996 y 2008. Desde 2013 coordina el Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas. Dos extensos tramos de su poesía están reunidos en Futuralgia (poesía 1979 a 2000, Calambur 2011) y Entreser (poesía 1993 a 2007, Monte Ávila 2013); otros poemarios recientes son El común de los mortales (Tusquets, 2011), Poemas lisiados (La Oveja Roja, 2011) e Historias del señor W. (Eds. de la Baragaña 2014). Es autor de varias decenas de ensayos sobre cuestiones de ecología política y pensamiento ecológico, entre los que destaca su “pentalogía de la autocontención” (que componen los volúmenes Un mundo vulnerable, Biomímesis, Gente que no quiere viajar a Marte, La habitación de Pascal y Todos los animales somos hermanos, todos ellos en Libros de la Catarata). Su blog: http://www.tratarde.org

por Jorge Gambetta

Nota publicada en la edición impresa del martes 6 de junio de 2017








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