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06.06.2017 | Sociedad | 135 lecturas




Gonzalo Gelpi y su charla "la sexualidad como espacio de poder" en la Casa

Gonzalo Gelpi y su charla "la sexualidad como espacio de poder" en la Casa
Las integrantes de "Mujeres en Libertad" junto al expositor.

Los estudiantes de Secundaria y UTU, acompañados por sus docentes y por aquellos que se acercaron motivados por la curiosidad, ocupaban gran parte de los asientos de la Sala María Búa cuando Gonzalo Gelpi, sin ocupar tiempo en la exposición de sus títulos, propuso comenzar el taller con un audiovisual. El material abordaba la discriminación sobre la orientación sexual invirtiendo nuestra normalidad machista y patriarcal. Una adolescente era violentada hasta el suicidio por su heterosexualidad en un mundo donde la homosexualidad había construido sus discursos e instituciones en base a excluir de la vida pública y privada otras alternativas de orientación sexual.

Desde este disparador, Gelpi visibilizó los dos discursos que han reinado sobre la población de Lesbianas, Gays, Trans y Bisexuales (LGTB) en nuestro mundo objetivo y descargó una batería de conceptos y explicaciones desde la coloquialidad. Esta vez no era ficción. Por un lado el discurso científico, desde donde se “ha patologizado las orientaciones sexuales no heterosexuales en un contexto donde se buscaba mantener cierto orden social, lo normalizado, lo natural”, y el religioso, que las ha señalado -y las sigue señalando- como un acto pecaminosos, “contranatura”.

“La homosexualidad deja de ser considerado una patología en los manuales de psicología en la década de los 90”, dijo Gelpi y aunque Uruguay es un caso particular, porque a nivel de normativas “es uno de los países más progresistas del mundo y ha marcado cierta tendencia”, en países como Nigeria y Arabia Saudí, por ejemplo, los crímenes de odio contra la población LGTB cuentan con la complicidad del Estado. Incluso, dirá más adelante el investigador, hay 68 países en el mundo que consideran la homosexualidad como un delito y otro seis que la penalizan con la muerte.

Pero la población LGTB no sólo ha sido discriminada desde la violencia, sino que ha sido excluida a través de un proceso de eliminación de “referentes”. “La literatura romántica, las novelas y los teleteatros han estado pensados siempre desde la heterosexualidad. Que personas LGTB estén involucradas en estos productos es algo reciente, pero muchas veces su aparición en los medios de comunicación son estereotipadas y establecen un solo modo de ser homosexual, lesbiana o transgénero o transexual”.

“Lo que más se discrimina no es si me gustan las nenas, los nenes o nadie, sino la expresión de género”, y esto implica pensar las representaciones culturales que rigen nuestra forma de caminar, la ropa que elegimos usar y los amigos que decidimos tener. Esta precisión implica caer en cuenta de que las personas que “están más expuesta a la discriminación son aquellos que transgreden las fronteras del género, que rompen con la lógica binaria de macho-masculino o mujer-femenina”. Y ejemplifica: “Si soy una chica lesbiana y encajo con lo que se espera socialmente de una mujer, o sea que es femenina, que se cuida y es delicada, esa no va a sufrir tanta discriminación como si es, como se dice, machorra, camionera o tiene el pelo corto o se la ve caminando con pantalones de cierto modo. Lo mismo con los homosexuales varones”, dijo Gelpi.

Entonces, se pregunta a continuación: ¿Que espacios se transitan con angustia referentes a la orientación sexual no heterosexual? Primero la familia, porque allí “muchas veces”, dice Gelpi, están “las principales agresiones que deterioran la autoestima de las personas” y esto sucede cuando “no aceptan la orientación sexual de su hijo o hija y no buscan acercarse”.

“Los estudios internacionales marcan esto: si no conozco a una persona LGTB, los prejuicios son mucho mayores, porque es el desconocimiento. Cuando las personas se permiten intercambiar con esas personas, se dan cuenta que comparten mucho más que lo que los diferencia. Ahí los preconceptos bajan”.

Pero el discurso mitológico sobre la homosexualidad, como se aclaró al principio, también es legitimado desde la ciencia. Desde esta matriz la homosexualidad es vista como una enfermedad que necesita de tratamiento psicológico y se sostienen las “famosas terapias de conversión”, como si la orientación sexual se pudiera “re-ubicar o cambiar”.“Toda intervención profesional desde ese paradigma es altamente violatoria de los derechos humanos”, sentencia. “Me da vergüenza que existan y sería para retirar el título. En países como Brasil, Perú o Ecuador constantemente hay que cerrar clínicas de este tipo”, dice Gelpi y esto le recuerda “la sexualidad de principios del siglo XX donde las mujeres recibían violaciones correctivas porque se entendía que era lesbiana porque no había probado el pene, lo mismo cuando hacían las lobotomías o aplican electroshock”.

“Los varones son quienes tienen mayores prejuicios, sufren más discriminación homofóbica y la exteriorizan mediante el ejercicio de la violencia. Son quienes más acosan a otros varones. En cambio las mujeres tienden a ser acosadas en menor medias en estos temas y, cuando lo son, generalmente son otras mujeres. En los varones la violencia generalmente es física y ponen en riesgo la salud y la integridad de esa persona”, detalla.

EN LA ESCUELA Otro de los espacios donde la sexualidad no heterosexual es transitada con angustia es “la escuela”, aunque también pueden ser la instituciones de la Educación Media e incluso la Universidad, porque son instituciones que están estructuradas desde la heterosexualidad. En el caso de una persona trans, se pregunta Gelpi, ¿Cómo se pasa la lista? “Muchas veces -continúa explicando-, aunque pueden hacer el cambio de sexo registral, aparecen con el nombre de la partida de nacimiento y terminan abandonando el sistema educativo porque todo el tiempo se refieren a ellos como Raúl, y por ahí soy Sandra (...) Los docentes muchas veces no se molestan en hacer el movimiento para referirse como ella o él quieren ser llamada o llamado”.

Es que en este orden del mundo “se presume heterosexualidad hasta que se demuestre lo contrario” y la “salida del closet” es un proceso que se le impone sólo a la población LGTB. Por eso, hará hincapié el profesional, “hay que hacerlo sólo cuando estén las condiciones dadas”, porque todo depende de la situación familiar y del grado de homofobia que se detecte en las instituciones educativas. “Es importante salir del closet, pero hay que ver que gano y que pierdo. Posiblemente gane en libertad, pero hay que ver el momento porque la impulsividad no es el mejor camino”, recomienda.

Pero el tiempo ha seguido su camino y con él han transcurrido las luchas políticas y sociales que se resisten al poder a través de otros discursos. “Después están las otras personas que se preguntan por qué salir del closet si puedo vivir mi sexualdiad como quiero. Son cada vez más los adolescentes que rechazan las etiquetas y quieren vivir su sexualidad plenamente”, dice Gelpi y vuelve a las estadísticas: “Hasta hace 10 años en Europa, la gente salía del closet a los 20 años. Hoy en día, después de todo este proceso de visibilización de la diversidad sexual, están saliendo a los 15 años. En Uruguay, por los estudios que hemos implementado, anda por ahí, 15 o 16, pero hay generaciones que pasaron toda su vida sin poder expresarlo. Los heterosexuales y las heterosexuales son privilegiados de poder expresar su afectividad y su emotividad en público. Es algo que mucha gente por miedo o porque no están dadas las condiciones no lo hacen, y eso genera un malestar. Imagínense estar enamorados hasta las manos y no poder chapar con su pareja en la vía pública”.

Es que la “homoafectividad” estuvo mucho tiempo despegada de la sexualidad no heterosexual y se proponía una imagen “pasional, carnal y lujuriosa, pero “no se veía el amor”. Por eso, muchas de las preguntas que aparecen en la población LGTB a edades tempranas es: ¿Podré formar una familia o tener una pareja estable? “Culturalmente se ha construido a la persona homosexual como alguien promiscuo, que va a querer tener sexo con muchos partners. Puede ser así, pero también hay un montón de otra gente que quiere tener una pareja estable y formar su familia y reproducir el estilo de vida hereosexualidad, porque hay quien dice que es más que una orientación sexual, es una forma de vida”.

Y este punto no es menor, dirá a continuación Gelpi, porque con la promulgación en 2013 de Ley de Matrimonio Igualitario “invitamos a la población LGTB a participar de una institución que pre existía a nosotros y que está pensada desde la heterosexualidad”, y esto implica “participar de esta institución que la venden como una vedette de lujo pero que funciona como una forma de controlarnos, porque el estado pasa a controlar nuestros vínculos y regula cómo se van a separar nuestros bienes en caso de que nos separemos”. LA DUDA La exposición llegaba a su fin y en el aire flotaba una duda, sobre todo entre los varones. “Conversando con compañeros de trabajo -se animará uno de los presentes-, uno de ellos confesó que le gustaba mantener relaciones sexuales con gays. Eso lo hace gay, ¿no?”. Sereno, Gelpi responde: “La práctica sexual no define la orientación sexual”.

Una revisión de las estadísticas disolvió las dudas e invitó a la reflexión: “Hay muchas investigaciones en Europa y en América que comprobaron que triplican las personas que tiene deseos y fantasías con personas del mismo sexo a las que se identifican como LGTB y duplican a las que han tenido prácticas sexuales con personas del mismos sexo (...). Esto quiere decir que las cifras de personas que reprimen esas fantasías y deseos son mucho más elevadas que las personas que luego efectivamente terminan teniendo sexo con personas del mismos sexo”.

La explicación genera cierto revuelo. Mientras algunos ríen, conversan con la persona de al lado o miran fijamente el suelo, desde un rincón de la sala alguien deja escapar una palabra que, no por extraña, parecía estar vedada en este espacio convocado por el feminismo. “Puto”. Disipada la tensión y la confrontación entre algunos de los presentes, Gelpi explica cómo la academia explicó la existencia de diferentes construcciones culturales que existen en torno a la sexualidad no heterosexual dependiendo de la clase social en la que nos encontremos. Es que “puto” es aquél homosexual pobre, perteneciente a los primeros quintiles socioeconómicos, mientras que los de clase media los señala como “gays” y a los de clase alta como “extravagantes”.

Por Edward Braida.








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