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07.04.2017 | Cultura | 144 lecturas




Pedro Peña y su Biblioteca Ambulante Maragata recorren barrios y ciudades

Pedro Peña y su Biblioteca Ambulante Maragata recorren barrios y ciudades
Los libros recorren los barrios de la ciudad de San José.

La Biblioteca Ambulante Maragata quiere que sus libros circulen. Que la gente lea sus textos, o que al menos los empiece a leer y deje por la mitad cuando la historia encuentre un camino que de sueño. La escena parece extraña pero es sencilla, un grupo de libros quedan en mesas en distintos espacios, en una fecha determinada, y sin muchos requisitos cualquier ciudadano se puede elegir uno entre los que hay y llevárselo uno a préstamo para su casa.

La razón de hacer funcionar una biblioteca en la calle, sin institución alguna que respalde el hecho, no es muy poética, ni tampoco es una idea filosófica que se pelea a muerte con el capitalismo y las nuevas tecnologías de la comunicación e información, es un poco más menos intelectual. Pedro Peña se encontró ordenando sus biblioteca, cientos y cientos de libros ahí durmiendo la siesta eterna, leídos hace años, con borrosos recuerdos sobre fecha de lectura. Para Peña sus libros no tenían mucha vida, y según contó a La Semana así comenzó la cosa. “Empecé a ordenar y vi todos los libros que tenía y que no iba a leer de nuevo, y en esta idea enseguida se sumó un amigo, Diego Cabral”.

Entonces ahí, en enero de este mismo año, empezó a deambular la Biblioteca Ambulante Maragata, la primera parada fue una cooperativa de viviendas. En esta instancias los libros eran un poco más de cien, pero enseguida al proyecto se sumó más gente y muchos más libros.

Ficción nacional, internacional y poesía, anda por ahí flotando a cada 10 o 15 días en algún barrio maragato. Por ahora han estado dos veces en el centro de San José de Mayo, en dos cooperativas y en otros dos barrios, pero la idea es extender la propuesta a todos los puntos de la capital maragata primero, y después al resto del departamento.

Los lugares donde van son espacios públicos donde de por sí ya se concentra gente. Peña explicó que lo complicado es el mismo hecho que los vecinos del barrio se acerquen a la propuesta, y no queden sin entender que es. “Por dos o tres horas hay un grupo de personas con mesas llenas de libros en una esquina”, dice el novelista, para ilustrar lo extraño que puede ser desde otros ojos la propuesta.

MODO OPERANTE No hay muchos requisitos para hacerse de los libros. Los otros dos colaboradores del proyecto Natalia Molina y Eduardo Gutiérrez, trabajan en la misma línea que Peña y Cabral, la idea es que el libro camine y hable por ahí, que se meta en una casa nueva, que le cuente a quien ganas tenga una innovadora historia.

Lo que hacen los colaboradores para controlar quién se lleva los libros es casi nada. Acá florece con todo el espíritu anárquico de este proyecto. Peña contó que hay dos razones por la que pasa esto: no está en la esencia de la biblioteca perseguir a quienes se llevan sus libros y a la vez ellos no tiene forma de control efectivo.

Por eso quien dona su libro sabe que es para que este camine solo, ande por ahí y lo lea una persona, veinte, o capaz tenga la mala suerte que no lo lea nadie y se quede durmiendo quieto por ahí. En este momento la biblioteca tiene unos 200 libros fichados, pero tiene al menos 400 más que no están ordenados.

El trabajo lo realizan mismo en los días de préstamos, es decir, cuando montan las mesas por algún barrio los mismos colaboradores van organizando los ejemplares donados. Todos los colaboradores hacen esto porque les gusta, ganan mucho: se quedan con comentarios de gente que no lee nunca y empieza este camino, se enriquecen con historias de desconocidos. Además se hacen de la millonaria profesión del librero, le cuentan a quien empieza a mirar el libro quién es el autor, de qué trata el libro, cómo se llaman los personajes y por qué ese texto quizás trate una interesante historia. Hay autores clásicos, pero en esta biblioteca que le escapa a lo institucional y le dicta al formalismo ‘c-h-a-u’, también hay escritores poco conocidos. Según Peña la idea de La Biblioteca Ambulante Maragata es un ‘win-win’. “Con esto ganan todos, más que nada los autores, porque si bien se dice que uno escribe para sí mismo, siempre se escribe para ser leído”, dice el escritor de novelas.

“No tenemos forma de controlar quién son los que pasan, pero hay público que se repite”, dice Peña para explicar que no saben bien quién se queda por un tiempo con los libros que él leyó hace años, porque fueron suyos y estuvieron en su biblioteca personal. Hay personas que nos miran extrañados y ni se acercan, pero hay otros que algo saben de la propuesta de la biblioteca y saludan y se ponen a leer las contratapas.

BENEFICIOS COLATERALES Como sin querer esta propuesta logra que la gente lea más, o al menos el que tiene interés se acerque a una propuesta gratuita y descontracturada. Hay que pasar por alguna esquina a mirar libros que están esperando en una mesa, uno se sirve a gusto, le piden unos datos y si le gustó y se sintió a gusto volverá por más historias.

Para Peña Uruguay vive en una contradicción, nos bien nombramos para afuera como un país culto, pero en realidad la gente lee cada vez menos. Además el escritor afirma que para él lo que se lee menos es ficción, las personas están más metidas en géneros como los de autoayuda y también las bibliografías. Y en este sentido explicó que La Biblioteca Ambulante Maragata trata de ofrecer ficción, o de alguna manera “literatura pensada para el goce estético”.

La gente se mete en un mundo de excusas para no leer. Peña, que es docente de Secundaria, afirma que los jóvenes dejan de leer cuando terminan el liceo, y que para él lamentablemente son pocas las personas que están leyendo, aunque hay casos que exceden a la norma y en este proyecto ha dado con personas que sin ninguna formación leen mucho.

La lectura parece ser una especie de forma de vida en peligro de extinción, Peña opina que su impresión es que es “un tipo de disfrute en retirada”. Pero lo seguro que llegó para quedarse es está idea de sacar de la pachorra a los libros propios decorando una biblioteca.

La Biblioteca Ambulante Maragata llega a cuestionar el valor que el libro tiene como objeto, y da una respuesta que un adulto le daría a un niño ante la pregunta sobre la utilidad. ¿Para qué sirve un libro? Para leerlo.

Por Karen Parentelli.








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