Elucubraciones semanales: coronavirus y todo su entorno

Hola, cómo está usted, acá nos encontramos todos acuartelados (me gusta más que decir acuarentenados), tratando de evitar la visita de la plaga de los mil demonios que se expande por el orbe. Uno no es de naturaleza alarmista, pero lo que estamos viviendo es una situación fuera de toda previsión y nadie tiene idea de lo que pasará a la mañana siguiente. En las elucubraciones tratamos de mantener la calma, aunque sabemos que es difícil no preocuparse por el presente y el futuro, nuestro, del país y del mundo entero. Sin ser tan ambiciosos como para pensar en encontrarle solución a algo, desde el próximo párrafo elucubraremos en clave de coronavirus.

La verdad que nunca había tenido tanta audiencia como ahora el gobierno del presidente Lacalle Pou. Ni siquiera el día de la toma de mando lo vio tanta gente (ese primero de marzo muchos optaron por clausurar los canales uruguayos), como lo están viendo ahora con los informes diarios sobre el coronavirus. Van tantos, dice el vocero diario, que bien puede ser Álvaro Delgado, Azucena Arbeleche o el propio “Cuqui” cuando las papas queman, mientras centenares de miles de pantallas reproducen sus dichos.

Terminadas las comparecencias públicas, comienzan los insultos al aire de muchos los “tele-oyentes”, que le exigen al gobierno multicolor que sea más “proactivo” ante la crisis, aunque de verdad nadie sabe muy bien por dónde hay que ir y hay tantos libritos como maestros opinen. Es más, ante la dinámica de los acontecimientos, vale aclararle que estoy escribiendo el viernes 20, temprano a la mañana y cuando el ejemplar de La Semana llegue a usted, (¿llegará?), es probable que todos los elementos de análisis hayan cambiado. Si la velocidad de los cambios provocados por la pandemia, hacen imposibles los análisis definitivos de los más encumbrados hombres de ciencia, mucho menos se le puede pedir que esto haga un insignificante escriba de pueblo chico, como al que está leyendo.

Pero eso sí, sobre actitudes, alguna cosa uno puede decir, después de una vida de observar el funcionamiento del sistema político, así que si me permite, le doy algunos pareceres respecto a cómo enfrenta la crisis el nuevo gobierno.

Mire, yo trato de no ser muy duro con el gobierno en este caso, porque ni el más apocalíptico de los observadores podía prever los estragos que nos está generando la pandemia, pero lo que sí me animo a decir que es que la decisión de cambio de signo político que tomaron las y los uruguayitos, llegó en el momento equivocado.

Es cierto, nadie podía imaginar que se viniera la pandemia y con el cuarto gobierno del FA, igual hubiera ingresado al país, pero sí intuyo que quienes hubiesen estado encargados de pilotear el barco en ese hipotético caso, tendrían más “training” para conducirlo porque la gran mayoría de ellos vendrían de las anteriores gestiones, mientras que al gobierno de los multicolores los agarró sentándose en los sillones, luego de 15 años de distanciamiento de la gestión de la “cosa pública”.

Claro que esto no se lo puedo demostrar, entra en la mera especulación de quien escribe, pero lo cierto es que por más que esta situación “pesadillezca” no estaba en las previsiones de nadie, lo que se ha visto hasta ahora son señales confusas, erráticas y hasta casi desmotivantes, por parte de los nuevos jerarcas (muchos de los cuales fueron nombrados con la pandemia ya instalada en el país).

Mire, al comienzo de la pandemia, por ejemplo, no hubo directivas claras respecto a cómo tenía que actuar la Policía en materia de desestimular las concentraciones de gente, lo que llevó a cosas como el infausto comunicado que emitió el nuevo jefe de Policía josefino Orestes Leles, quien sin mediar intervención judicial alguna quería meter presos a todos los incumplidores de la medida por “desacato”. Un despropósito que el pobre Leles -al parecer no muy ducho en expresarse públicamente-, al final del segundo día de la alerta sanitaria, debió aclarar.

Otra actitud casi obsesiva de las nuevas autoridades es la de echarle la culpa de todo, al gobierno anterior como si aún estuviéramos en campaña electoral (hay gente que nunca deja de estar en campaña). Cualquier problema que se plantea, salta alguno con “sí, pero lo que pasa que el gobierno anterior…”; no señor, brinde seguridad, admita los problemas e intente solucionarlos, para eso se supone que usted quería estar en el cargo que está ahora. Pero además, que usted muestre seguridad en lo que hace, nos da seguridad a todos los demás.

Pero la seguridad es algo que está brillando por su ausencia en la mayoría de los jerarcas que comparecen cada jornada ante los medios en el edificio de Presidencia. La ministra Arbeleche es una máquina de nervios evitando responder las preguntas más punzantes respecto al aumento de tarifas o las ayudas a los más necesitados; el ministro Salinas, quien debería ser el más claro, preciso y firme en esta coyuntura, apenas si puede expresarse en público y un día te dice que no salgas y al otro te permite salir a trotar y así podría seguir, intentando disimular así, que sabe que hay que decretar la cuarentena, pero que el Presidente no quiere.

Después, tenemos a los legisladores multicolores, que salen a pedir medidas al gobierno del que son parte y responsables directos, como el generalito -que hizo un video y todo-, e “Isidorito” Sartori, que piden por los medios que las tarifas públicas no sean ajustadas en abril, como si ellos no tuvieran nada que ver en el gobierno, como si no pudieran dialogar con el Presidente e influir en sus decisiones.

Estas actitudes muestran con claridad que estamos ante una coalición de gobierno absolutamente enclenque, débil, que se comenzará a desgajar ante los primeros problemas. ¡Y el coronavirus, vaya que es un problema!

Y después tenemos al Presidente, que dice no y no -a lo niño caprichoso-, que dice que se hace cargo y que las decisiones las toma el Presidente, como si ese cargo le diera impunidad como para hacer lo que se le venga en gana o sabiduría instantánea como para resolver él solo todos los problemas que se le presenten.

Mire, diferir el aumento de las tarifas públicas no le iba a salvar la vida a nadie -eran un alivio en la tormenta-, pero tampoco le salvarían las finanzas al Estado -que no estaban tan mal tampoco-, por eso retrasar la medida hubiese sido un gesto que dejaba bien parado al gobierno porque llegaba a todos los hogares del país. Pero no, primó el capricho presidencial, o tal vez la obsesión ideológica que busca generar descontento con lo público para luego promover la privatización, y con el paso de los días se han ido anunciando medidas a cuentagotas, que quizás sean incluso más caras que la de no aumentar las tarifas públicas.

En fin, son demasiadas pruebas de debilidad institucional en muy poco tiempo de gobierno, aceptando, claro está, la excepcionalidad de la situación por la que atraviesa el mundo entero. Es de desear que el paso de los días, le dé aplomo, tranquilidad y visión para enfrentar lo que se viene. Por ahora, no se ve por dónde saldrá todo esto.

Y por el momento dejamos por acá. De esta tela habrá tiempo para seguir cortando. En las elucubraciones no damos todo por sabido ni definido, por eso siempre espero encontrarme con usted en siete días, para seguir pensando cómo solucionamos el desbarajuste o por lo menos para encarar la información de forma más desestructurada. Hasta ese momento entonces.

 

Por Javier Perdomo.